Las islas Malvinas han constituido un problema constante para los argentinos. Al menos desde 1833, cuando fueron finalmente ocupadas por el Imperio Británico y se transformaron en una herencia irresuelta para todos los gobiernos.
Hacia mediados de la década del setenta, la larga usurpación británica languidecía y se decoloraba de una forma que parecía irreversible. Por el propio peso de la cercanía continental, la Argentina había comenzado a "re colonizar" las islas: oficinas de YPF, vuelos regulares de LADE y Aerolíneas, personal de correos y otros muchos rubros de servicios facilitaban la vida diaria de los isleños, olvidados por la lejana metrópoli europea por lejanos, caros y obsoletos en tanto trofeo de conquista demasiado anterior. La reconquista pacífica argentina de los dos islotes en cuestión también parecía algo irreversible. En Inglaterra, se llamaba despectivamente "kelpers" a los isleños, todos de habla inglesa y súbditos de la corona, pero sin ninguna importancia para la política interna de los sucesivos gobiernos ingleses.
En 1976, el golpe cívico-militar, auspiciado por el Departamento de Estado de los EEUU y encabezado por Videla, Massera y Agosti, desató en Argentina un nivel de terror estatal desconocido hasta entonces. Como bien lo explica Naomi Klein en su libro "La Doctrina del Shock", la desaparición forzada de personas, la tortura sistemática y otras violaciones terribles a los derechos humanos, tenían por objetivo, no la derrota de una fracción ideológica rival armada sino la aplicación de una doctrina económica y un plan de ajuste, privatización y vaciamiento del Estado Nacional que hubiera sido imposible de aplicar en democracia.
En Inglaterra, casi de manera simultánea, la crisis económica hacía evidente la necesidad (dentro de la lógica del capitalismo occidental) de un ajuste brutal. En 1980, el gobierno inglés encabezado por Margaret Tatcher, torie y ferozmente conservadora, tambaleaba bajo una creciente impopularidad. Y eso que aún no había perpetrado las medidas de ajuste feroz que demandaba la doctrina monetarista originada en Milton Friedman y la llamada Escuela de Chicago.
Hacia 1982, el régimen que sometía a la Argentina estaba exhausto. El ajuste salvaje y el terror del aparato de seguridad del Estado no habían logrado frenar el reclamo social, encabezado por la CGT por un lado y las organizaciones de defensa de los Derechos Humanos por el otro. De alguna manera, el pueblo empezaba a mostrar signos claros de que se estaba empezando a perder el miedo a la dictadura y su aparato represivo.
La guerra fue, en este contexto, una necesidad mutua. Por parte de la dictadura argentina, la necesidad de provocar un shock que explotara el patriotismo natural del pueblo y salvara al "proceso" del desastre político; por el lado inglés, la de distraer con una acción bélica la creciente desocupación, la recesión y las medidas de ajuste que no se harían esperar, entre las que se contaba la pérdida de empleo de decenas de miles de trabajadores.
Esta es la única trastienda real de la guerra de 1982, crudamente expresada: dos gobiernos que adscribían a la misma doctrina económica, encuadrados en un mismo esquema ideológico y dentro de la misma esfera geopolítica; que llegaban a un conflicto armado por conveniencias similares de orden coyuntural.
La justicia del reclamo argentino y los héroes que parió esa guerra insensata, son un tema absolutamente diferente. Lo es también, aunque valga señalarlo aquí, la proverbial cobardía e impericia de los comandantes. Son tópicos de otra discusión.
Hoy, treinta años más tarde, el gobierno británico afronta la certeza de que la crisis económica que recorre Europa será inevitable fronteras dentro. Y la respuesta invariable de de todos los gobiernos está siendo la misma que en 1980: ajuste sobre ajuste. Es decir, friedmanismo. La doctrina del capitalismo salvaje.
Nosotros sabemos de eso.
De ahí que Londres necesite imperativamente "malvinizar" su discurso, cosa que está haciendo con la sutileza de un diente de madera.
Decía Marx que Hegel decía que la historia ocurre como tragedia y se repite como farsa. El primer ministro Cameron fuerza el discurso en la necesidad desesperada de distraer la atención de la población inglesa del tsunami que se viene. El razonamiento es básico: si le funcionó a Maggie, nos funcionará a nosotros. La amenaza "argie" de nuevo en ristre.
La conducta del gobierno argentino ha sido impecable, en gran medida debido a la claridad conceptual que la Presidenta tiene sobre el tema. Una respuesta militar por parte de nuestro país a las constantes provocaciones inglesas está fuera de cuestión y tan sólo existe en las recalentadas cabecitas de los funcionarios ingleses y en el discurso de los medios de comunicación de por aquí, un poco por cipayismo y otro poco por la necesidad de atacar al Gobierno (y al país, de paso) con cualquier piedra que tengan a la mano.
La "malvinización" tramposa que proponen los británicos y sus siervos locales responde a necesidades e intereses que no son los nuestros. Seguiremos reclamando en los foros diplomáticos internacionales y, en el marco del Mercosur, sancionando pacíficamente el crimen colonial que la envejecida Inglaterra continúa perpetrando. Y a su tiempo, con trabajo diplomático y patriotismo, recuperaremos ese territorio usurpado. El manto de neblina se levantará definitivamente. Es inevitable.
Pero no se hagan ilusiones los perros de la guerra. Ni los de allá ni los de acá. No dispararemos un sólo tiro. Que se arregle de otra forma el señor Cameron para distraer a su pueblo de las penurias que les tiene reservadas.
MP


Por Silvina Friera









