Se suele decir que lo urgente se impone sobre lo importante, que el remanido “aquí y ahora” manda. Es verdad. La coyuntura de la agenda política nos demanda la atención excluyente que tal vez (sólo tal vez) debiéramos dedicar a otros temas.
Nos ocupamos de los coqueteos opositores, de las trifulcas gorilas, de sus paseos mediáticos y de sus dichos y contradichos como si fueran la materia del universo. Es cierto que, al ser nuestros enemigos, es preciso saber con una exactitud aproximada en dónde están parados y, sobre todo, cuántos son, para cuando vayan saliendo. Pero creo que ellos y su principal vehículo de propaganda, que son los Medios Concentrados o como ajustadamente los llama Alfredo Zaiat, la “Cadena Nacional Privada de (des) Información”, no están dibujando la agenda y nos están haciendo marcar el paso.
Cada día nuestros blogs proponen, con enfoques de profundo análisis, con ironía o humor, una mirada sobre las andanzas opositoras. Yo, entre los picapiedras que no están dentro de ninguna de estas categorías nombradas por mis propias limitaciones, descargo toda mi artillería verbal contra la oposición. No está mal, sólo me parece que ya me he ocupado demasiado de ellos.
¿A qué quiero ir? Creo que es hora de proponer una defensa ordenada y convencida de nuestro gobierno y de nuestra Presidenta. No es que lo se haga, es una cuestión de renglones.
¿Tanto me obsesionan las movidas opositoras? En gran medida soy víctima de esa enorme campaña de deformación de la realidad. La otra noche, en A Dos Voces, Feli Pillo Solá habló otra vez del fraude electoral. Fue Luis Juez quién estrenó esta suerte de vigilantismo político cuando perdió las elecciones el Córdoba, retomando esa histeria marica y poco digna de salir a chillar porque se está tan convencido de que las elecciones están en el bolsillo que cuando se pierde, debe ser por fraude. Digamos mejor que reestrenó, puesto que hay antecedentes aún más ridículos, como el de Silvano Santander allá por 1946. Pero es básicamente lo mismo.
Juez hizo escuela. En octubre de 2007 Cristina ganó las elecciones con VEINTE PUNTOS de diferencia sobre Carrió.
De inmediato, Carrió hizo lo que mejor sabe hacer: ganar en los Medios las elecciones que pierde en la realidad y después de hacer juecismo denunciatorio de fraude y misteriosas desapariciones de boletas que nunca se comprobaron, ya nadie se acordaba de los veinte puntos. La “jefa nacional de la oposición” había perdido “ahí nomás” con Cristina. Por eso era “la garante de la institucionalidad”, que es de lo que se disfrazó cuando se le notó demasiado la baba que le caía de la boca ante el golpe de estado campero y cuando fue bajada del escenario del “triunfo” de la 125. Un ejemplo claro de cómo pagan los pactos con Mandinga.
Esto muestra una decisión clara del conglomerado opositor de copar el espacio de opinión y dibujar una realidad nueva, diferente. El gobierno, por su parte, se dejó ganar la espalda y nunca estuvo a la altura de la capacidad comunicativa opositora. No tenía los medios, pero pudo haberlo creado. Siempre estuvo a la defensiva. Bastaron un par de errores propios para terminar de dar forma a una oposición que ya se había decidido a no permitir que Cristina gobernara. Que, como ya se había hecho muchas veces antes, si había que ennegrecer la imagen exterior de nuestro país, si había que desabastecerlo, hambrearlo, se haría. Si había que destrozar lo logrado en cuatro años, se haría. Lo importante era que Cristina no gobernara. Y si se iba, mejor.
Las condiciones en la que asumió Cristina fueron, de movida, peores que las de Néstor. Usted dirá que tuvo mejores números, un país en crecimiento. Y es verdad. Lo que también tuvo es el hartazgo opositor/mediático con la experiencia kirchnerista y la decisión de los grupos concentrados del poder económico y Mediático de apurar el tranco para terminarla de una vez. Se vio casi de inmediato. El ataque de la patronal agraria contra el país fue la movida principal. No había tanques ni soldados, pero hubo tractores y cacerolas y el apoyo incondicional de los Medios. Un golpe de estado en toda regla. La alegría opositora era inmensa: heredar el gobierno kirchnerista es ventajoso por donde se lo mire. País en orden, en crecimiento, con el Banco central hasta los techos de dólares y buenos números macro. ¿Quién no quiere heredar un gobierno así? Y encima, sacando de encima todo ese idealismo setentista, que distribución de la riqueza, que derechos humanos… Las corporaciones se relamieron. No había Fuerzas Armadas, pero había campo y diarios, televisión y radio y políticos que hicieron la logística del golpe y la clase media dándole el “calor civil” a la asonada. O sea, lo mismo de siempre, sólo que sin el elemento militar. Un detalle.
Algo pasó, sin embargo. El gobierno, cuyos errores lo habían llevado a esa encerrona que parecía sin salida, tuvo la lucidez de entender por fin ante qué se enfrentaba. Creo que es comprensible la sorpresa y el desconcierto. Cristina puso su enorme coraje personal en juego, su autoridad. Puso el cuerpo. Y lentamente fue inclinando la pulseada.
Hoy tenemos, aún en el contexto de la crisis importada a la fuerza (y que ilusiona a tantos con un desastre modelo 2001 para que se lleve puesto al gobierno), un gobierno fuerte que se ha colocado en el centro del ring y ha conectado ya varios cross a la mandíbula de la ahora desconcertada oposición que se creyó lo que le decía el microclima periodístico, cuyas “verdades” se reducen a “el gobierno está en retirada”, “se termina el kirchnerismo”, “el gobierno pierde en 2009”.
Como suele pasar con los ámbitos microclimáticos, han cocinado el pescado antes de haberlo sacado del agua. Y a tal punto es así que si se mira con atención, lo único que ofrece la política argentina actualmente son dos kirchnerismos: el del gobierno y el “no-kirchnerismo” de la oposición. Es todo lo que piensan y todo lo que saben. Después se verá. La ecuación de 1955, pero sin fuerzas armadas.
Nuevamente el peronismo (que no es otra cosa el kirchenrismo que eso, el mejor peronismo entendido como Proyecto Nacional de distribución, de re-nacionalización de las empresas miserablemente privatizadas y de creación de empleo, entre otros factores conocidos) divide las aguas del país entre los que quieren el bienestar del pueblo y el desarrollo nacional y los que quieren un país para pocos, obediente de los “mercados internacionales” y sin que la cuestión social interfiera en la ganancia de los empresarios. En una palabra: gorilismo (o menemismo, como se prefiera) modelo siglo XXI.
A mí no me cuesta ser oficialista. Creo en el Proyecto y creo que no ha habido desde el general Perón, en aquellos años míticos de la Nueva Argentina, un gobierno objetivamente mejor. Que queda mucho por hacer, desde ya. Que no hay nadie más que Cristina que pueda hacerlo, no tengo la menor duda. Que la voy a seguir a muerte, es la más profunda de mis convicciones. Y que la voy a defender como sea, también.
Sufrimos un ataque coordinado como pocos gobiernos democráticos han sufrido, Es un ataque masivo, poderoso. Eso tiene que definir nuestras acciones, nuestro pensamiento. Ser leales, ser fuertes, aguantar, luchar. Lo que ellos ofrecen, ya lo hemos vivido. Fue como un tsunami que arrasó con todo. Desde Videla hasta Menem han sido miles y miles los que han muerto, los que han desaparecido. El liberalismo dejó un tendal también de muertos-vivos, de personas perdidas para siempre en la miseria más abyecta, en una vida sin futuro, sin nada.
Esto nos ofrecen los que hoy se muestran “preocupados” por los mismos pobres que creó la política que quieren restaurar en la Argentina. No les preocupan los pobres. Que nadie se engañe. Sólo quieren llegar al poder. Una vez allí comenzará el genocidio otra vez.
Saco una idea de la carta de Horacio González que publicó
Mauri: lo que venga, si este gobierno cae, es una derecha que buscará recuperar lo que se la ha quitado. Volveremos a un conservadurismo de mercado, a un país en el que no hay lugar para todos. A la ley de la selva y el que quedó bajo la línea de flotación, que pena.
Yo no quiero eso. Yo voy a luchar para que eso no ocurra. No me vengan con el cuento del necesario “recambio” o alternancia, porque los proyectos de país son radicalmente distintos. El nuestro es peronista, con todo lo que eso significa.
El otro, ya se sabe.
¿Alguien que no esté en la joda puede pensar honestamente que es una opción válida?
MP
(PS:
Mauri, te robé la foto)