Una espada muy afilada Por Valeria Parente (Newsweek) Mirtha se puso seria. miró a cámara y habló con tono indignado y de señora bien. “Soy católica y creyente, jamás pediría eso. Pretendo más justicia y es mi deber decir lo que pienso pero sin agraviar a nadie”. La respuesta directa era para Miguel Ángel Pichetto, el jefe del bloque de senadores kirchneristas, quien, un día antes, desde su banca, se había referido a las opiniones de Legrand sobre la inseguridad. Y la acusó de pedir la pena de muerte. “Pido racionalidad. Estos personajes no han ganado una elección ni siquiera en una sociedad de fomento”, disparó una de las espadas más afiladas del kirchnerismo, hablando también a Marcelo Tinelli y a Susana Giménez. Después, en medio del aluvión mediático, se llamó a silencio.
Quienes conocen a Pichetto lo definen como un temperamental al que le gustan las apuestas fuertes. Usar su banca para “retar” a las máximas estrellas del espectáculo televisivo vernáculo es, sin dudas, el tipo de apuestas que elige. Pero este rionegrino por elección, que nació en la Provincia de Buenos Aires hace 49 años, sabe que está en la primera línea del fuego político, y que su lealtad se pone a prueba a diario. Es “el” hombre de Cristina y Néstor Kirchner en el Senado, y disfruta de esa responsabilidad y de tener los pies en la arena en la que se dirimen las más cruciales batallas políticas de estos tiempos.
En el último tramo de un año parlamentario muy agitado, Pichetto tiene la difícil tarea de lograr que se apruebe el proyecto de ley de reforma política, donde el kirchnerismo juega —como siempre— a todo o nada.
Pero ¿quién es este hombre, que alguna vez fue menemista y que supo ganarse la confianza de los Kirchner? Él, por lo pronto, se reconoce como peronista a secas. “El hombre está en la pelea”, aseguró hace unas semanas sobre las posibilidades electorales de Kirchner. “Un presidente que se retira con el 65 por ciento de imagen positiva después de gobernar la peor crisis histórica, ¿puede tener hoy esta imagen negativa que dicen los sectores medios y comunicadores? ¿Qué pasó en la Argentina? ¿hubo una guerra? En realidad hubo un debate de intereses”.
Ese sentido de pertenencia partidaria le allanó el camino para conducir el bloque oficialista desde el 30 de diciembre de 2002, cuando Eduardo Duhalde era el presidente interino de la Argentina. A diferencia de muchos de sus ex aliados peronistas, a Pichetto no le molesta asumir el rol de fiel soldado “K”. Con obstinada vocación de servicio, es un férreo defensor de la presidente. Pero esa vocación puede jugarle una mala pasada. Como ocurrió estos últimos días, en los que fue noticia no por su labor parlamentaria, sino por haber provocado, junto a Luis D’Elía, la cólera de las celebrities. “Hay un odio visceral muy cercano al del ‘55”, insistió cuando le preguntaron por las críticas de los famosos.
A pesar del traspié mediático, la tropa propia jamás dudaría en disputarle la potestad de la palabra. Con su pirotecnia verbal es capaz de meter en aprietos a propios y ajenos. Entrenado para la trinchera, también debe defender lo indefendible; como cuando, previa llamada desde la Casa Rosada, tuvo que dejar sin efecto la declaración de emergencia sanitaria por la epidemia de dengue, que él mismo había avalado ante sus colegas. “El Congreso no es un ámbito de librepensadores”, suele justificarse. En una reciente entrevista fue más explícito: “En la Argentina hay un falso concepto del republicanismo: consideran que gobernar siempre es el consenso, y la verdad es que en los sistemas democráticos del mundo la puja de intereses hace imposible el consenso, y gobernar implica tomar decisiones en función de intereses controvertidos”.
“Es una aplanadora”. Así lo define el asesor de uno de sus compañeros de banca. Del otro lado de la vereda, también se atreven a elogiarlo. “En el debate por la Ley de Medios vapuleó nuestro dictamen. Lo destrozó punto por punto”, reconoce en voz baja el jefe de prensa de un senador radical.
Con “Chiche” Duhalde fue más elíptico, y hasta se dio el gusto de darle clases de lealtad peronista. Fue cuando justificó su voto a favor de la ley de quiebras, en 2002, durante el mandato de su marido, Eduardo Duhalde, y un año después, ya con Néstor Kirchner como presidente, con la ley de bienes culturales. Las dos normas beneficiaron a las empresas propietarias de medios de comunicación. “Si lo hicimos fue porque la situación del país lo requería. Así que yo reivindico aquellas decisiones”, aseguró, mirándola fijamente. Los susurros en el recinto terminaron de fastidiar a la ex primera dama.
El protagonismo de Pichetto quedó registrado en el ranking que la revista El Parlamentario publicó sobre los senadores que más hicieron uso de la palabra. En 2008, el rionegrino quedó segundo, con 61.957 palabras pronunciadas, sólo superado por el radical Gerardo Morales, con 64.668 palabras.
En un contexto donde la oposición está sumida en sus propias vacilaciones, Pichetto saborea los recientes triunfos legislativos en leyes claves, como las de las facultades delegadas, la de medios y la flamante aprobación del presupuesto 2010. La orden del Ejecutivo había sido clara: recuperar la iniciativa tras el 28 de junio. Es que si algo sabe Pichetto es cicatrizar heridas para volver al frente de batalla. Lo demostró luego de la fatídica madrugada en la que mordió el polvo de la derrota en manos de Julio Cobos, con quien todavía siente tener cuentas pendientes.
Si bien nunca se tuvieron simpatía, los lazos entre ambos quedaron dañados desde el voto no positivo del mendocino. El gesto agónico del jefe de los senadores “K” al final de la sesión, aquel 17 de julio de 2008, fue el epílogo de su peor jornada como legislador. Fue él quien debió soportar los llamados de un irascible Néstor Kirchner. La confirmación del apoyo de Ramón Saadi, negociada desde la Casa Rosada, le había dado un poco de aire durante la tarde. Pero se atragantó de rabia cuando emisarios del radicalismo le confirmaron el voto del compañero de fórmula de Cristina. Lo cierto es que en la Cámara ya adquirió la categoría de leyenda el rumor de que el rionegrino estuvo muy cerca de intentar persuadir a Cobos… a las trompadas. Tan furioso estaba que hasta se animó a pasarle factura al propio Kirchner: “He sido víctima del modelo de concertación, que me impidió ser gobernador de mi provincia”, dijo, por el apoyo que el ex presidente brindó al radical “K” Miguel Saiz, en detrimento de su candidatura en las elecciones para la gobernación de 2007.
Pichetto no olvida. Una colega de bancada que también prefiere el off the record se divierte al contar las numerosas chicanas que suele deslizarle a Cobos en medio de las sesiones. Como ejemplo, al final del debate por la Ley de Medios, el vicepresidente le pidió que redondeara su discurso, ya que había superado el tiempo acordado. El jefe del bloque “K” lo miró con desdén: “No me interrumpa cuando hablo”, le contestó, y continuó, indiferente. La misma fuente, sin embargo, advierte sobre la cara menos amable del senador. “En tiempos más tranquilos abría el juego, pero ahora no permite cambiar una coma. Dice que son órdenes de arriba. Es muy duro negociar con él”, admite.
De cara al futuro, lo acechan otros desafíos. Asegurar fidelidades y mantener la tropa unida son sus máximas urgencias. En su entorno cuentan que una de las deserciones que más complicaciones políticas le trajeron fue la de su coterránea María José Bongiorno, compañera de lista en 2007. Si bien en coyunturas más complicadas pudo sumar votos para la estatización de Aerolíneas Argentinas y la de las AFJP, dos leyes que le dieron una tregua en el ajetreado 2008; las presiones pueden multiplicarse en 2010. Por lo pronto, al cierre de la agenda legislativa 2009, le queda capitanear la defensa de varios proyectos que el oficialismo quiere aprobar antes de la renovación de las Cámaras, como la suspensión de la “Ley Cerrojo”, que permitirá el canje de los US$ 20.0000 millones de deuda en default de los bonistas que no entraron en la operación de canje de 2005. También, la obtención de ADN por medios alternativos para identificar a los hijos de desaparecidos y, claro, la reforma política. De todas será protagonista excluyente. Es que si bien Pichetto no pertenece a la mesa chica del matrimonio Kirchner, tiene línea directa con la presidente, con quien compartió cinco años de vicisitudes parlamentarias. Uno de sus allegados, también rionegrino, da la última definición: “Pichetto es el único capaz de soportar la furia de Néstor y al mismo tiempo lograr acuerdos insospechados en temas claves. La estrategia la define Néstor, pero la táctica la traza él”. Como ironizó alguna vez el temperamental senador: “Los malos hemos hecho cosas muy importantes en estos últimos cinco años y medio…”. Realpolitik en su máxima expresión.