
por Eduardo Anguita
Es una tradición, un código no escrito. Los militantes de la Resistencia Peronista y los de las organizaciones revolucionarias de los setenta no suelen contar el pasado revolucionario de ciertas personas públicas. En otros tiempos, guardar el secreto, no delatar, era una necesidad para sobrevivir y, sobre todo, para que otros no sean alcanzados por las fuerzas represivas. Sin embargo, pasados los años, hay casos emblemáticos de conversos que deben ventilarse. Al menos un poquito. De conversos, que no son lo mismo que los traidores. Porque el traidor, por miedo o conveniencia, se pasa de bando. El converso es aquel que creyó en algo y luego sufrió una metamorfosis de identidad y de creencias. No necesariamente se debe a deslealtades.
El desleal sirve para medir conductas estrictamente personales. El converso, en cambio, suele dar la medida de cuánto muta una sociedad y no sólo cuán frágiles resultan las convicciones en algunas personas.
El de Jorge Anzorreguy, quizá, sea un caso digno de pensar sobre cómo una persona puede pasar de tener ideales y compromisos revolucionarios a ser el entusiasta defensor del ocultamiento de la identidad de –presuntos– hijos de desaparecidos.
Jorge Anzorreguy pisó el límite de lo tolerable para evitar que alguien indague en cuál es su pasado. En los últimos días apareció profusamente en la prensa a partir de los argumentos utilizados para defender a Ernestina Herrera de Noble en la causa que investiga la identidad –presuntamente– fraguada de sus hijos Felipe y Marcela. Vale recordar que el juez Conrado Bergesio, a fin de año, hizo dos movimientos contradictorios.
En apenas 48 horas sacudió un expediente judicial que dormía en la paz de los cementerios. Primero, en consonancia con los abogados de Clarín, a quienes siempre obedeció desde que se sentó en el juzgado, ordenó que la muestra de ADN de ambos jóvenes fuera extraída por los médicos forenses de la Corte Suprema. Eso fue el martes 29 de diciembre, a escasas 48 horas del inicio de la feria judicial. La medida levantó revuelo porque resultaba aberrante: apenas dos meses antes el Congreso había sancionado una ley que fija taxativamente que el Banco Nacional de Datos Genéticos es el lugar para ese estudio.
Bergesio dio una vuelta en el aire y el miércoles 30 impuso que fuera la delegación de la Policía Federal de San Isidro la que tomara las muestras sobre la base de peines o cepillos de dientes y otros elementos íntimos de Felipe y Marcela para luego ser enviados al Banco de Datos Genéticos. Además, el juez habilitó el juzgado para que la causa tramitara en feria. Jorge Anzorreguy, según explicó el mismo Clarín del último día del año, “destacó que los dos jóvenes entregaron voluntariamente los elementos solicitados”.
Anzorreguy ahora pretende desacreditar la segunda medida de Bergesio que, por cierto, estuvo plagada de irregularidades. Por ejemplo, que la comisión de policías científicos no ingresaron en el domicilio ordenado por el juez hasta que llegaran los abogados de Clarín. Es decir, dos horas en la puerta, dando tiempo suficiente como para que los cepillos de dientes fueran, por ejemplo, los de cualquier visitante eventual.
Pero esta columna no tiene el propósito de competir con las picardías amorales de los jueces y los abogados de partes –poderosas– para demorar o desviar la atención de un procedimiento judicial.
La historia de Jorge Anzorreguy no comienza con la designación de su hermano Hugo al frente de la SIDE en enero de 1990. Porque, por entonces, ambos compartían el estudio familiar, incluso con otros hermanos.
Desde ese momento empezó, es cierto, una fuertísima incidencia de Jorge en el fuero federal. Muchísimos años antes, Hugo y Jorge frecuentaban la CGT de los Argentinos en la avenida Paseo Colón, de la cual Raimundo Ongaro era secretario general. Esa CGT combativa contaba con el apoyo de muchísimos otros abogados jóvenes como Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde, ya que no sólo tenían que atender causas laborales sino las de persecución penal en fueros especiales propios del “onganiato”. Vale recordar que el periódico de la CGTA lo dirigía Rodolfo Walsh.
Jorge Anzorreguy no sólo contribuyó con sus conocimientos de derecho sino que se implicó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Todavía hay sobrevivientes que fueron al estudio del ahora defensor de los hijos de Herrera de Noble a reuniones donde, entre otros, iba Roberto Quieto, quien quedó en la conducción nacional de Montoneros cuando las FAR se fusionaron con esa organización en 1973.
Claro, dos décadas después, muchos se alejaron de las convicciones y ciertos principios humanistas y militantes. En definitiva, cualquier abogado vive esa confusa ética de no mezclar ser defensor –rentado– de alguien y estar –o no– implicado ideológicamente con su defendido. Pero, Anzorreguy debe saber muy bien que Felipe o Marcela podrían ser hijos de alguno de los militantes con los que compartió actividades. Incluso, de alguno que él mismo haya convencido de entregar su vida a la revolución. Secuestrar niños y cambiarles la identidad no es cualquier cosa. Es un delito aberrante.
Quizá la señora Herrera de Noble no sabía del pasado de Anzorreguy cuando éste le daba consejos hace al menos siete años, cuando fue detenida por orden del entonces juez Roberto Markevich. Jorge Anzorreguy, por entonces, mantenía muy buena relación con su hermano Hugo, quien curiosamente había sido para Carlos Menem la fuente principal de información sobre la identidad de los hijos adoptivos de la directora de Clarín. Vale recordar que en 1995 estalló la pelea Clarín-Menem porque éste no quiso darle participación en la telefonía al grupo comandado por Herrera de Noble y Héctor Magnetto.
La pelea duró años y Clarín se regodeó cuando por unos días Menem estuvo preso en la quinta de su amigo Armando Gostanian. Pero habían sellado un pacto: de la identidad de los chicos no se hablaría nunca más. Suficiente habían sido las infidencias que contaba en ATC el polifuncional Guillermo Patricio Kelly sobre este tema y decidieron que la sangre no llegara al río. Eso fue en 1994 y el secreto se mantuvo por 16 años más. Existe un espacio informativo al que acceden sólo espías de la SIDE, jueces federales y algunos comunicadores (empresarios y periodistas) en el que pueden cocinarse títulos de tapa y causas judiciales rutilantes o silencios eternos.
En las mesas que comparten esos hombres y mujeres de poder no importa el pasado ni las ideas que se profesan. O, mejor dicho, importan en la medida que aporten algo que los otros no tengan. Los hermanos Hugo y Jorge Anzorreguy fueron muy generosos a la hora de ofrecer cargos de jueces a otros abogados militantes, muchos de los cuales no renunciaron a sus convicciones de entonces. Del mismo modo que Juan Bautista Yofre, cuando estuvo al frente de la SIDE, les dio “trabajo” a muchos periodistas como él. Claro, periodistas que sirven en la medida que siguen en los medios. Y cobran por los dos lados, desde ya.
Es muy probable -lo dice un periodista que no tiene acceso a ese espantoso club de información privilegiada y denigrada- que se den pasos decisivos en conocer la identidad de los hasta ahora llamados Felipe y Marcela Noble Herrera. Lo fundamental sería que ellos pudieran transitar el shock sin creer que todo es moneda de cambio y conspiración. Que sepan que, si sus padres fueron militantes en su momento, lo hicieron por una causa justa, motivados por lograr que sus hijos vivan en una sociedad mejor. Pero, además, sería bárbaro que salgan a la luz cómo cocinan los influyentes las decisiones para dormir una causa o despertarla tras estar congelada como Walt Disney.
Esta Argentina, que por momentos parece tan decadente, tiene una gran capacidad de responder a los estímulos de las causas nobles. Aunque últimamente la palabra noble haya sido tan desacreditada.
Es una tradición, un código no escrito. Los militantes de la Resistencia Peronista y los de las organizaciones revolucionarias de los setenta no suelen contar el pasado revolucionario de ciertas personas públicas. En otros tiempos, guardar el secreto, no delatar, era una necesidad para sobrevivir y, sobre todo, para que otros no sean alcanzados por las fuerzas represivas. Sin embargo, pasados los años, hay casos emblemáticos de conversos que deben ventilarse. Al menos un poquito. De conversos, que no son lo mismo que los traidores. Porque el traidor, por miedo o conveniencia, se pasa de bando. El converso es aquel que creyó en algo y luego sufrió una metamorfosis de identidad y de creencias. No necesariamente se debe a deslealtades.
El desleal sirve para medir conductas estrictamente personales. El converso, en cambio, suele dar la medida de cuánto muta una sociedad y no sólo cuán frágiles resultan las convicciones en algunas personas.
El de Jorge Anzorreguy, quizá, sea un caso digno de pensar sobre cómo una persona puede pasar de tener ideales y compromisos revolucionarios a ser el entusiasta defensor del ocultamiento de la identidad de –presuntos– hijos de desaparecidos.
Jorge Anzorreguy pisó el límite de lo tolerable para evitar que alguien indague en cuál es su pasado. En los últimos días apareció profusamente en la prensa a partir de los argumentos utilizados para defender a Ernestina Herrera de Noble en la causa que investiga la identidad –presuntamente– fraguada de sus hijos Felipe y Marcela. Vale recordar que el juez Conrado Bergesio, a fin de año, hizo dos movimientos contradictorios.
En apenas 48 horas sacudió un expediente judicial que dormía en la paz de los cementerios. Primero, en consonancia con los abogados de Clarín, a quienes siempre obedeció desde que se sentó en el juzgado, ordenó que la muestra de ADN de ambos jóvenes fuera extraída por los médicos forenses de la Corte Suprema. Eso fue el martes 29 de diciembre, a escasas 48 horas del inicio de la feria judicial. La medida levantó revuelo porque resultaba aberrante: apenas dos meses antes el Congreso había sancionado una ley que fija taxativamente que el Banco Nacional de Datos Genéticos es el lugar para ese estudio.
Bergesio dio una vuelta en el aire y el miércoles 30 impuso que fuera la delegación de la Policía Federal de San Isidro la que tomara las muestras sobre la base de peines o cepillos de dientes y otros elementos íntimos de Felipe y Marcela para luego ser enviados al Banco de Datos Genéticos. Además, el juez habilitó el juzgado para que la causa tramitara en feria. Jorge Anzorreguy, según explicó el mismo Clarín del último día del año, “destacó que los dos jóvenes entregaron voluntariamente los elementos solicitados”.
Anzorreguy ahora pretende desacreditar la segunda medida de Bergesio que, por cierto, estuvo plagada de irregularidades. Por ejemplo, que la comisión de policías científicos no ingresaron en el domicilio ordenado por el juez hasta que llegaran los abogados de Clarín. Es decir, dos horas en la puerta, dando tiempo suficiente como para que los cepillos de dientes fueran, por ejemplo, los de cualquier visitante eventual.
Pero esta columna no tiene el propósito de competir con las picardías amorales de los jueces y los abogados de partes –poderosas– para demorar o desviar la atención de un procedimiento judicial.
La historia de Jorge Anzorreguy no comienza con la designación de su hermano Hugo al frente de la SIDE en enero de 1990. Porque, por entonces, ambos compartían el estudio familiar, incluso con otros hermanos.
Desde ese momento empezó, es cierto, una fuertísima incidencia de Jorge en el fuero federal. Muchísimos años antes, Hugo y Jorge frecuentaban la CGT de los Argentinos en la avenida Paseo Colón, de la cual Raimundo Ongaro era secretario general. Esa CGT combativa contaba con el apoyo de muchísimos otros abogados jóvenes como Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde, ya que no sólo tenían que atender causas laborales sino las de persecución penal en fueros especiales propios del “onganiato”. Vale recordar que el periódico de la CGTA lo dirigía Rodolfo Walsh.
Jorge Anzorreguy no sólo contribuyó con sus conocimientos de derecho sino que se implicó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Todavía hay sobrevivientes que fueron al estudio del ahora defensor de los hijos de Herrera de Noble a reuniones donde, entre otros, iba Roberto Quieto, quien quedó en la conducción nacional de Montoneros cuando las FAR se fusionaron con esa organización en 1973.
Claro, dos décadas después, muchos se alejaron de las convicciones y ciertos principios humanistas y militantes. En definitiva, cualquier abogado vive esa confusa ética de no mezclar ser defensor –rentado– de alguien y estar –o no– implicado ideológicamente con su defendido. Pero, Anzorreguy debe saber muy bien que Felipe o Marcela podrían ser hijos de alguno de los militantes con los que compartió actividades. Incluso, de alguno que él mismo haya convencido de entregar su vida a la revolución. Secuestrar niños y cambiarles la identidad no es cualquier cosa. Es un delito aberrante.
Quizá la señora Herrera de Noble no sabía del pasado de Anzorreguy cuando éste le daba consejos hace al menos siete años, cuando fue detenida por orden del entonces juez Roberto Markevich. Jorge Anzorreguy, por entonces, mantenía muy buena relación con su hermano Hugo, quien curiosamente había sido para Carlos Menem la fuente principal de información sobre la identidad de los hijos adoptivos de la directora de Clarín. Vale recordar que en 1995 estalló la pelea Clarín-Menem porque éste no quiso darle participación en la telefonía al grupo comandado por Herrera de Noble y Héctor Magnetto.
La pelea duró años y Clarín se regodeó cuando por unos días Menem estuvo preso en la quinta de su amigo Armando Gostanian. Pero habían sellado un pacto: de la identidad de los chicos no se hablaría nunca más. Suficiente habían sido las infidencias que contaba en ATC el polifuncional Guillermo Patricio Kelly sobre este tema y decidieron que la sangre no llegara al río. Eso fue en 1994 y el secreto se mantuvo por 16 años más. Existe un espacio informativo al que acceden sólo espías de la SIDE, jueces federales y algunos comunicadores (empresarios y periodistas) en el que pueden cocinarse títulos de tapa y causas judiciales rutilantes o silencios eternos.
En las mesas que comparten esos hombres y mujeres de poder no importa el pasado ni las ideas que se profesan. O, mejor dicho, importan en la medida que aporten algo que los otros no tengan. Los hermanos Hugo y Jorge Anzorreguy fueron muy generosos a la hora de ofrecer cargos de jueces a otros abogados militantes, muchos de los cuales no renunciaron a sus convicciones de entonces. Del mismo modo que Juan Bautista Yofre, cuando estuvo al frente de la SIDE, les dio “trabajo” a muchos periodistas como él. Claro, periodistas que sirven en la medida que siguen en los medios. Y cobran por los dos lados, desde ya.
Es muy probable -lo dice un periodista que no tiene acceso a ese espantoso club de información privilegiada y denigrada- que se den pasos decisivos en conocer la identidad de los hasta ahora llamados Felipe y Marcela Noble Herrera. Lo fundamental sería que ellos pudieran transitar el shock sin creer que todo es moneda de cambio y conspiración. Que sepan que, si sus padres fueron militantes en su momento, lo hicieron por una causa justa, motivados por lograr que sus hijos vivan en una sociedad mejor. Pero, además, sería bárbaro que salgan a la luz cómo cocinan los influyentes las decisiones para dormir una causa o despertarla tras estar congelada como Walt Disney.
Esta Argentina, que por momentos parece tan decadente, tiene una gran capacidad de responder a los estímulos de las causas nobles. Aunque últimamente la palabra noble haya sido tan desacreditada.
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