
Mi amigo Gabriel me mandó por mail la foto que ilustra el posteo. Fue un retorno en el tiempo. Lo que allí se ve son los bustos del General Perón y de Evita, detrás justo de la reja de entrada a la fábrica de aluminio Camea, que está emplazada desde hace muchos años en el territorio fronterizo entre Mataderos y Villa Lugano, al sur de la ciudad de Buenos Aires.
Dije "retorno en el tiempo" porque un recuerdo muy vívido se me vino a la cabeza cuando vi la foto: en los años de la dictadura, ir hasta la puerta de la Camea con los amigos, rumbeando el larguísimo trecho de la calle Murguiondo hacia abajo, junto al interminable paredón del Mercado de Hacienda, era la aventura preferida junto con la de saltar el paredón de Bla Bla, la fábrica de calzado infantil abandonada.
Y es que, como una de esas rarezas con las que uno se topa en la vida y que desafían la lógica, en plena dictadura y con todo el país convertido en un campo de concentración, en la entrada de la fábrica estaban, dorados y triunfantes, los bustos del General y de Evita.
Me apoyaba en la reja y los miraba como quien mira la luna. Era como ver una maravilla. ¿Qué hacían allí esos bustos? Era fácil entender que la continuidad de esos monumentos significaba una anomalía. Después del golpe, el país estaba "desperonizado". Como en 1955, el peronismo se había retirado a interiores. Quedaba encerrado en las casas, lejos de la vista, porque el miedo no es zonzo. Como en mi propia casa, donde nunca dejaron de estar las fotos de los dos, unidas por una cinta con los colores de la Patria, en un altar íntimo, familiar, sobre el mueble de la cocina.
Las historias del barrio hablaban de las pelotas de los trabadores de la Camea, de su resistencia ante las patotas militares, de su peronismo empecinado, fanático, que había permitido que persistiera el emplazamiento de esos bustos dorados. Era como una épica mínima, si se quiere. De esas que no van a parar a los libros de historia. Pero una historia de valentía y de resistencia. En el momento más duro, cuando desaparecía gente por todos lados, ellos mantenían allí el emblema de su pasión.
Aún desafiando a la muerte.
Hoy, cuando otro gobierno peronista se abre paso ante el golpismo de las corporaciones, me pareció necesario recordar a esos compañeros héroes de la Camea, que se pararon ante el terror y no entregaron esas dos estatuas que son mucho más que meros monumentos: son símbolos de la lucha y de la voluntad indomable de un pueblo.
MP
(Buscando datos de la Camea en la Internet, me acordé de este posteo de Mauri y me quedé allí, porque es un testimonio hermoso de lo que quise decir más arriba.)
Dije "retorno en el tiempo" porque un recuerdo muy vívido se me vino a la cabeza cuando vi la foto: en los años de la dictadura, ir hasta la puerta de la Camea con los amigos, rumbeando el larguísimo trecho de la calle Murguiondo hacia abajo, junto al interminable paredón del Mercado de Hacienda, era la aventura preferida junto con la de saltar el paredón de Bla Bla, la fábrica de calzado infantil abandonada.
Y es que, como una de esas rarezas con las que uno se topa en la vida y que desafían la lógica, en plena dictadura y con todo el país convertido en un campo de concentración, en la entrada de la fábrica estaban, dorados y triunfantes, los bustos del General y de Evita.
Me apoyaba en la reja y los miraba como quien mira la luna. Era como ver una maravilla. ¿Qué hacían allí esos bustos? Era fácil entender que la continuidad de esos monumentos significaba una anomalía. Después del golpe, el país estaba "desperonizado". Como en 1955, el peronismo se había retirado a interiores. Quedaba encerrado en las casas, lejos de la vista, porque el miedo no es zonzo. Como en mi propia casa, donde nunca dejaron de estar las fotos de los dos, unidas por una cinta con los colores de la Patria, en un altar íntimo, familiar, sobre el mueble de la cocina.
Las historias del barrio hablaban de las pelotas de los trabadores de la Camea, de su resistencia ante las patotas militares, de su peronismo empecinado, fanático, que había permitido que persistiera el emplazamiento de esos bustos dorados. Era como una épica mínima, si se quiere. De esas que no van a parar a los libros de historia. Pero una historia de valentía y de resistencia. En el momento más duro, cuando desaparecía gente por todos lados, ellos mantenían allí el emblema de su pasión.
Aún desafiando a la muerte.
Hoy, cuando otro gobierno peronista se abre paso ante el golpismo de las corporaciones, me pareció necesario recordar a esos compañeros héroes de la Camea, que se pararon ante el terror y no entregaron esas dos estatuas que son mucho más que meros monumentos: son símbolos de la lucha y de la voluntad indomable de un pueblo.
MP
(Buscando datos de la Camea en la Internet, me acordé de este posteo de Mauri y me quedé allí, porque es un testimonio hermoso de lo que quise decir más arriba.)
1 comentarios:
no podia dejar de agradecerte el haberme citado, aunque justo hubiera caido el dia que el blog anduvo pa'tras.
Igual el recuerdo vale
un abrazo
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