El director de la organización católica "Cáritas" le decía esta mañana a Magdalena Ruiz Guiñazú que los oyentes podía donar su dinero con tranquilidad a la mencionada orga, puesto que "pueden estar seguros de que el dinero sí llegará donde debe". Jorge Abelardo Ramos hubiera dicho de él: "¡el contumaz librecambista!".
Porque, en el fondo, significa que el tipo es un liberal repugnante, que predica la más pedrestre antipolítica ya que en sus palabras queda implícito que el dinero público "se pierde" en los laberintos de la corrupción, que el Estado en sí mismo es corrupto y toda la habitual saraza a la que son tan afectos los honestistas de la derecha nacional. Y de paso, asegura que la Iglesia Católica asegura la llegada a los pobres de ese magnánimo fruto de la caridad (esto significa el nombre de la agrupación) y la piedad cristiana hacia los pobres.
Curioso papel asignado a esta corporación (Iglesia) en el imaginario de la derecha: el de garantía de la no corrupción: curioso desde la historia (remota o reciente), curioso desde el hecho de que semejante máquina de atesorar bienes es, aún hoy, un pólipo del presupuesto nacional (para usar otra expresión de Ramos) y cobra ingentes recursos bajo conceptos diversos. Recursos del Estado, contribución de todos los ciudadanos, incluídos los que no son católicos. Si el Estado Nacional estuviera, como dice el honestismo, podrido por la corrupción, ¿podría la Iglesia estar ajena a semejante situación? Pongamos un ejemplo más gráfico de la simbiosis entre ambas instancias: la dictadura iniciada en 1976. El Estado, criminal. La Iglesia, cómplice del crimen. No podía ser de otro modo.
Hablo de la Iglesia como corporación, antes de que alguien me señale con razón que hubo y hay muchos curas o diverso personal religioso que no participa de esta situación, antes bien por el contrario, llevan adelante la tarea evangélica con tal pasión y sacrificio personal, que despiertan incluso la desconfianza (cuando no la ira) de la jerarquía curial. Esto ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo.
En el fondo, la cuestión está en el nombre. Cáritas signfica caridad. Y la caridad es una dádiva compasiva que se da voluntariamente al que no posee nada, por parte del que sí posee. En una palabra, un acto destinado a lavar la conciencia del que tiene en base a arrojar una migas al que no tiene, sin preguntar porqué uno tiene de más y el otro no tiene nada. E ignorando criminalmente que hay muchos pobres justamente para que algunos sean ricos.
Entre las miles de cuestiones que significa ser católico promedio en la Argentina, está la cuestión de clase. Porque lo cierto es que, al día de hoy, los pobres se alejan de la Iglesia hacia instancias de mayor cercanía discursiva, e incluso social con su realidad. En el catolicismo institucional quedan las clases medias y altas, en reivindicación de tradiciones de falsa prosapia y en búsqueda de un discurso religioso que hace mucho está adaptado a su conveniencia. Las repetidas invectivas de Jesús sobre la naturaleza clasista de su ministerio ("es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja...") son amortiguadas, tergiversadas a gusto del consumidor por curas que venden en sus sermones la tranquilidad de las conciencias de su grey. Por eso es que las comunidades parroquiales, espacialmente en los centros urbanos, son cada vez más homogéneas, socialmente hablando: el discurso católico oficial está formateado para sus oídos y sus bolsillos.
En el ataque al "clientelismo estatal" que repite la derecha conservadora, se halla agazapado el concepto de la caridad: "damos lo que queremos, cuando queremos y como queremos". Es el reverso de la justicia social, como práctica y concepto. Claro está, la justicia social es una práctica que sólo puede llevar adelante el Estado. Y si el Estado posibilita la justicia social, si obliga al reparto equitativo de la riqueza, si compensa la brecha social, si restaña la desigualdad, si provee a los pobres de bienes y servicios que tradicionalmente disfrutan los "que tienen", entonces niega esa violenta hipocresía de la caridad o de la dádiva. Crea un derecho donde hay una necesidad y obliga al que posee por demás a contribuir al bien común. OBLIGA.
Allí reside el odio liberal, la adjetivación de "clientelista", el mote supuestamente desdeñoso de "populismo". En realidad, no se trata de otra cosa que de un Estado de Justicia.
¿Ve usted, lector, cómo todo cierra?

8 comentarios:
¿viste que con Clarin no se terminaba la cosa?
Hay que ampliar el concepto de ayer de Cristina: NO HAY QUE BAJAR LOS BRAZOS, todavia queda mucho por hacer. Separar a la iglesia del estado, la bonaerense... hay para entretenerse
Totalmente de acuerdo, son nefastamente características del neoliberalismo esas palabras que se dicen implicitamente bastardeando al Estado y a la política en pos de la supuesta neutralidad y trnsparecia de orgas como esta.
Esa idea constante de bastardear la política que es totalmente funcional al statu quo reinante dado que desbastando la polítca garantizan que la única herramienta de transformación sea neutralizada.
Abrazo,
Ikal Samoa
Gabriel: claro que no se termina. tenemos cincuenta años de cagadas para arreglar.
Columna norte: se trata, creo yo, en una especie de privatización de la equidad, librada a la buena voluntad del que está arriba. La peor clase de injusticia.
Es una lástima porque en algún momento caritas mostró un discurso un poco distinto (en especial en la segunda parte de Menem) antes que el asesor fuera Casareto.
El concepto de "religión de bolsillo" está definido en esta entrada de uno de mis blogs:
http://exonario.blogspot.com/2009/06/reliflojoa.html
Como siempre, un enormísimo placer leer lo que escribís.
Gracias Jorge, fui a tu blog, me gustó mucho, me puse de seguidor tuyo y te sumé a mi blogroll. Todo en un sólo día!
Pocos cristianos comprenden el significado real de "caridad". No es regalar lo que te sobra sino desprenderte de algo que te duele.
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