25 junio 2010

CUANDO YA NO ES POSIBLE DISIMULAR


Me preocupa Eduardo van der Kooy. 
Anoche miraba Código Político y me sorprendió, no ya su acostumbrado talante oscuro, con una ironía mal manejada que ya se ha convertido largamente en cinismo, sino su situación postural o más bien física. 

Si uno mira a su regordete compañero de programa, se nota que maneja la cosa con mayor soltura. Soldado viejo de diversos bandos, acostumbrado a surfear los cambios de viento, Julio Blanck desempeña su tarea de oficial del Estado Mayor del Monopolio con una próspera actitud divertida, como si quiesiera mostrar que hasta su propio rol actual le hace gracia y que no hay que tomarlo muy en serio. Rubicundo, vigoroso, gestualiza su buen pasar con ademanes de gourmet satisfecho y bonachón. Un Pantagruel de cabotaje, abotargado y feliz.

Van der Kooy, por otro lado, parece llevar adelante su papel en la guerra sucia con un pesar notable. Parece un hombre consumido por sus propios odios interiores. Incapaz de lidiar con naturalidad, tal vez por una excesiva identificación ideológica con el Comando Militar del Grupo Clarín, se lo ve encorvado, mordaz, incapaz de sostener una sonrisa más de un segundo. Por el contrario, casi como el Sr. Burns de los Simpsons, a cada momento lo traiciona su paisaje interior lleno de ira y despecho. Y tales pasiones oscuras se le trepan a la cara sin que pueda, en apariencia, controlarlo.

Eduardo van der Kooy transmite una pesadumbre histérica, una impaciencia feroz. Desprovisto del menor sentido del humor, aborda los temas con brusquedad. Incluso cuando habla con opositores, hacia los que está manifiestamente bien predispuesto, se trasluce su frenesí de bronca.

Quizás es que las cosas no salen como ellos quisieran, a pesar de los dibujos retóricos que escupen a dúo en el programa y por eso, tal vez, es que ambos pierden la sutileza y derrapan en operetas demasiado burdas (vg.: comentario sobre la popularidad de los presidentes de países vecinos, todos super bien, menos...). El tema es que el peso de tanta operación y tanta mentira, la situación de imposibilidad de seguir con el disimulo, pega diferente. Mientras el gordo Blanck la pasa bárbaro y se revuelca feliz en el sarcasmo como chancho en el chiquero, el holandés parece a punto de sucumbir bajo el abrumador peso de su odio.

2 comentarios:

Gringoviejo dijo...

Tal vez esté vislumbrando un destino de "Holandés Errante".

Mario Paulela dijo...

Algo de eso hay! JAJAJAJ

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