Gualeguaychú propone una mirada posible sobre la situación de la sociedad argentina post 2001. Digamos que es obvio que ese año representa, el punto de quiebre en las relaciones de convivencia y códigos comunes de un segmento de clase.Eran los mismos sectores, los aterrados a la vista del abismo de la quiebra financiera de 2001, quienes al comienzo de la década anterior habían incorporado con fervor de conversos el discurso y la praxis neoliberal. Quizás por herencia de las formas adoptadas durante la dictadura por las clases altas, la clase media vio su oportunidad en 1990 de llegar al paraíso del consumo y a la ilusión de vivir en el "primer mundo". Esto ya es sabido. Lo que queda por señalar, acaso, es que la debacle de 2001 no sólo fue la forma de pagar esa burbuja de viajes y consumo suntuario de los años del menemato, sino también el estallido de un comportamiento social: el individualismo extremista, el "sálvese quien pueda" in extremis.
Eso es lo que estalla, junto con la economía ficcional: el desinterés por el otro, la quintita propia, la casita en el country, todos los tics del liberalismo con que ciertos sectores se intoxicaron a sabiendas en los tiempos del "uno a uno".
El terror produjo un estado de rebelión contra el culpable primario, así percibido: la política. Según esta extendida visión, "los políticos", raza alienígena que invadió la Argentina y gestionó el desastre sin ayuda de nadie, eran los culpables de la situación. Una paja monumental, colectiva y alimentada por ciertos comunicadores y por ciertos medios que percibieron rápido la manera de capitalizar ese sentimiento. A la clase media, que pasó de los viajes a Miami al Club del Trueque, se la podía llevar hacia cualquier parte. Porque esa sofisticada clase media urbana, siempre bandeó entre cierto conservatismo culposo y un anarquismo egoísta, relacionado con una percepción liberal del Estado (ver Biolcati y el "estado depredador" como ejemplo de generación de discurso) como agente "confiscador" del fruto del "esfuerzo individual".
Bien, huelga explicar lo que todos hemos vivido. Queda por decir sobre esto, que, pese a la evidente recuperación de la situación económica global del país, y especialmente de los sectores medios, la cicatriz del 2001 todavía arde. En parte por el acicate mediático (el cuál factura seriamente gracias al discurso antipolítico) y en parte por la falta de ideología que capea en el estrato medio de la sociedad.
El puente de Gualeguaychú significa el retorno a esas formas asamblearias de desconfianza colectiva en el Estado. Por cierto que el origen de la protesta es legítimo. Por cierto, también, que el gobierno de Néstor Kirchner apoyó dicha protesta en sus inicios. Pero no es menos cierto que con la puesta en marcha de la planta de celulosa y con el fallo del Tribunal de La Haya, las opciones de protesta han perdido el sentido. Al menos en la forma actual. Cortar el puente no logrará el desmantelamiento de la planta de Botnia. La invasión militar al país vecino está fuera de cuestión. ¿Cuáles son, entonces, las opciones de "posibilidad" que tienen los piqueteros entrerrianos? Ninguna.
Y aquí surge con claridad el problema: la radicalización de la protesta, la cerrazón de sus dirigentes, se hace sobre razones directamente vinculadas al pensamiento mágico. Porque la planta, sencillamente, no cerrará. Y Uruguay no modificará su política económica a causa de 50 piqueteros. Esto es así. Pero la protesta se radicaliza, además, porque PUEDE radicalizarse. Porque los medios fogonean el descontento, a la vez que esperan como buitres la primer granada de gas lacrimógeno. Porque los miembros de la protesta SABEN que el Gobierno no reprimirá. O sea, presentan una valentía algo devaluada.
Esta forma asamblearia significa la no credibilidad en el Estado, la negación a permitir que el Estado se aplique a resolver el problema, o al menos a controlar su desarrollo. Significa, en resumidas cuentas, un mero resabio de liberalismo, aplicado a formas de protestas de épica más simbólicas que reales. Es decir, los piqueteros entrerrianos no pueden retroceder sin levantar bandera blanca y reconocer la falta de lógica de su reclamo. Y esa rendición no será ante Botnia ni ante el Uruguay. Muy por el contrario, la rendición sería ante el Estado Nacional. Por eso no pueden rendirse y por eso mismo los agentes del comisariado mediático opositor no les permitiría hacerlo.
La protesta de Gualeguaychú es la metáfora del anarquismo clasemediero. El enemigo de esta gente es el Estado. Contra éste es que mantienen su deshilachada épica mediática carente de destino.
1 comentarios:
No estoy de acuerdo con el corte como tampoco estoy de acuerdo con el mamotreto que les pusieron en tan hermoso paisaje, por mas que no contamine. La contaminacion visual tambien existe.
Yo creo que deberian recibir por lo menos una compensacion de parte de no se quien y ya que el tratado no se cumple habria que limpiarse el culo con él y hacer uno nuevo.
Y que los gobiernos uruguayos dejen de creerse los garantes de toda legalidad. ¿Con que cara va a decir Pepe Mujica a los empresarios que ahi nunca les van a embargar nada? Si el ejemplo es el tratado del rio Uruguay, estan fritos muchachos.
El corte estuvo fogoneado por Clarin desde siempre por que a ellos no les convenia que hubiera papel barato cerca de Papel Prensa, ahora lo siguen para joder al gobierno, pero bueno, ya sabemos como son estos tipos.
Me voy a dormir
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