Quizás una forma de alcanzar la santidad (importa poco la clase de altar al que se suba uno) sea la de perpetuarse en la memoria popular. A ese olimpo no llegan los santos institucionales de la Iglesia, sino aquellos mortales que, en virtud de su arte, de su pasión o de su vida misma, quedan fijados para la eternidad en el inconsciente colectivo.
Tal vez seamos los argentinos uno de los pueblos que más seriamente nos tomamos esta sacralización laica. Incluso, solemos demostrar a tal punto el amor por el santo, que olvidamos sus pecados terrenales. En este caso, la muerte y la posterior inmortalidad, sirve para saldar todas las cuentas. Para lavar todas las culpas.
Está bien, eso. Creo yo, al menos. Somos un pueblo que ha sentido siempre la falta de mitos fundadores, en gran medida porque nuestros orígenes como Nación están entreverados con un casi inmediato estallido de interminables y sangrientas guerras civiles. De tal suerte que nada quedó sin ser discutido o cuestionado.
Ese origen sin origen, esa heterogeneidad que negaba cualquier identidad común, propuso un pensamiento colectivo huérfano y por lo tanto, anárquico. Sin referentes.
En esa molesta anarquía se desarrolló un espíritu casi cínico, amargo y coyuntural. Con el saldo triunfante de las clases dominantes en las guerras civiles, derrotadas las opciones de vinculación con lo popular, se impuso una escolástica que se basó exclusivamente en la historia narrada por el bando ganador. Se incrustó en el bronce a viejos enemigos (vaciándolos en el proceso, de toda su vida, pasiones o ideas) y se desapareció a otros, hasta lograr un panteón nacional de dudosa veracidad pero de fácil incrustación en el alma argentina. Tan falso fue este proceso, tan estático y falto de revisión, que se transformó en una cosa muerta, apolillada, inmóvil.
De ahí que la conciencia del pueblo buscara sus mitos por otros caminos, heterodoxos y alejados de la momificada galería oficial. Así, los payadores, los bandoleros heroicos, los anarquistas justicieros, los compadritos orilleros, la música de los burdeles, se transformaron en mitos desprolijos, en leyendas a la que te criaste. En el interior, en las diezmadas provincias, florecieron santos espontáneos, ajenos al canon eclesiástico, casi un culto pagano que escenificaba la admiración y el deseo de perpetuar a la persona admirada. Y esa perpetuación se traducía en milagros, en sanaciones. La manera perfecta de certificar que ese querido nunca se había ido del todo.
Con origen en los payadores federales, lejanos en el tiempo, pero cuyas glosas cantando la gloria del Restaurador continuaban vivas en la memoria del pobrerío, los cantores de la música de la orilla, el tango, consiguieron instalarse como los referentes de una cultura alternativa a la formalidad oficial de la oligarquía en ristre.
Así como las diferentes vertientes de la música popular (como el casi fenecido candombe que tanto sonaba en tiempos de Rosas) se mantenían en un constante fluir subterráneo, en la vida cotidiana de las clases pobres del campo y las ciudades, alimentadas a su vez por los ritmos inoculados por el aluvión inmigratorio, muy pronto surgió de esa babel una identidad, especialmente en las márgenes de la ciudad europeizada. Hacia finales del siglo XIX, el tango ya era la expresión popular preferencial del pueblo de la ciudad puerto, al que las clases superiores incorporan por fuerza y al incorporarlo, lo reformulan y lo "adecentan" para su propio consumo.
No es llamativo, quizás, que los orígenes de Carlos Gardel sean tan oscuros como los de la música de que se volvería numen. Es, por caótica y misteriosa, una más de las millones de vidas modificadas por la inmigración. Si la versión más aceptada (el hijo de Berthé Gardés, nacido en Toulouse, Francia) es más cierta que la que lo hace nacer en Tacuarembó, en la Banda Oriental, es poco importante. Porque Carlos Gardel (o Charles Romuald Gardés) es un cantor de alcances poco comunes en la historia de la música. Y su vida quedó identificada para siempre con la ciudad de Buenos Aires y, particularmente, con el barrio del Abasto, en el que creció y vivió hasta que conoció la fama y la fortuna.
Gardel llena el formulario del santo laico, del inmortal plebeyo. Si su estrella declinaba en la ciudad que lo parió cantor, si su carrera internacional (la de conseguir en Hollywood el sitio hasta el momento ocupado por Ramón Novarro, o sea, la corona de "amante latino" que Rudy Valentino había dejado vacante con su temprana muerte), decididamente prioritaria, lo había alejado de los afectos del público argentino, más inclinado hacia ídolos "locales" como Magaldi o Corsini; es decir, si ese alejamiento del público local empezaba a notarse, la muerte en Medellín propuso una entronización popular incuestionable.
A partir del 24 de junio de 1935, Carlos Gardel llegó a los altares de la devoción del pueblo, se cristalizó en un estado de perfección. Se transformó, con el tiempo, en un punto de definición. Su naturaleza humana, su propia profesión de cantor de tangos, mutó. Dejó de ser UN cantor para ser EL cantor. Vaya diferencia.
Al igual que otros santos del pueblo, a los que la muerte en plena juventud o gloria dá la puntada final para volverlos eternos (Evita, el Che), Carlos Gardel se convirtió en un ídolo, parte de esa mitología fundante que el pueblo construyó para sí mismo, por afuera de los recargados altares de la historia oficial.
No es llamativo, quizás, que los orígenes de Carlos Gardel sean tan oscuros como los de la música de que se volvería numen. Es, por caótica y misteriosa, una más de las millones de vidas modificadas por la inmigración. Si la versión más aceptada (el hijo de Berthé Gardés, nacido en Toulouse, Francia) es más cierta que la que lo hace nacer en Tacuarembó, en la Banda Oriental, es poco importante. Porque Carlos Gardel (o Charles Romuald Gardés) es un cantor de alcances poco comunes en la historia de la música. Y su vida quedó identificada para siempre con la ciudad de Buenos Aires y, particularmente, con el barrio del Abasto, en el que creció y vivió hasta que conoció la fama y la fortuna.
Gardel llena el formulario del santo laico, del inmortal plebeyo. Si su estrella declinaba en la ciudad que lo parió cantor, si su carrera internacional (la de conseguir en Hollywood el sitio hasta el momento ocupado por Ramón Novarro, o sea, la corona de "amante latino" que Rudy Valentino había dejado vacante con su temprana muerte), decididamente prioritaria, lo había alejado de los afectos del público argentino, más inclinado hacia ídolos "locales" como Magaldi o Corsini; es decir, si ese alejamiento del público local empezaba a notarse, la muerte en Medellín propuso una entronización popular incuestionable.
A partir del 24 de junio de 1935, Carlos Gardel llegó a los altares de la devoción del pueblo, se cristalizó en un estado de perfección. Se transformó, con el tiempo, en un punto de definición. Su naturaleza humana, su propia profesión de cantor de tangos, mutó. Dejó de ser UN cantor para ser EL cantor. Vaya diferencia.
Al igual que otros santos del pueblo, a los que la muerte en plena juventud o gloria dá la puntada final para volverlos eternos (Evita, el Che), Carlos Gardel se convirtió en un ídolo, parte de esa mitología fundante que el pueblo construyó para sí mismo, por afuera de los recargados altares de la historia oficial.

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