10 julio 2010

INDEPENDENCIA

Las condiciones políticas de las recientes Provincias Unidas, concebidas en 1810, habían variado drásticamente en 1816. Si seis años atrás, había sido suficiente proclamar la fidelidad al soberano español prisionero de Bonaparte, desde 1814, ese mismo rey (Fernando VII) había vuelto al trono y sus pretenciones no pasaban exactamente por agradecer la fidelidad de los antiguos virreinatos. Por el contrario, la reacción conservadora que se encaramó en la cúspide del poder español, furibundamente absolutista y anti republicana, impulsó al monarca a retomar militarmente los territorios que se habían emancipado de la Metrópoli.

El Congreso de la Provincias se reúnen en Tucumán, no sólo por su cercanía con el resto de las zonas de origen de los diputados, sino por tener, esta ciudad, la virtud de estar lejos de Buenos Aires, donde la camarilla en el poder, ejercida por el tándem Rivadavia y Alvear, planea ya la traición mayúscula de entregar el viejo virreinato a Gran Bretaña, al Imperio del Brasil o a quien "protegiera" mejor los intereses de la ciudad-puerto y sus ingentes recursos, fruto del contrabando y de la Aduana.

Por lo tanto, Tucumán es el sitio ideal para contrarrestar la influencia de la "pandilla del barranco" (nombre con el que se conocía a los codiciosos porteños, según cuenta Jorge Abelardo Ramos) y decidir el futuro de la Revolución. La cuestión política evidente es, de hecho, que la institucionalización de la Revolución del 10 debe conllevar una forma que permita la existencia de las territorios emancipados como Nación independiente. Esto implica, claro está, el reconocimiento de las demás naciones del mundo. Es decir, darse una forma de gobierno que sea aceptable al mundo post napoleónico de ese momento. Esta coyuntura no es tema menor: Inglaterra permanece aliada de España, con lo cual no puede apoyar abiertamente una República nueva, nacida de los despojos del Imperio de su aliado. Los astutos agentes británicos (siempre conscientes de que deben defender ante todo los supremos intereses comerciales de su país) sugieren la creación de una monarquía constitucional, a imitación de la propia. Este es el origen de la propuesta del general Manuel Belgrano, quien  imagina la fundación de una nueva dinastía inca, proponiendo al Cuzco como capital del nuevo reino. No es menor el intento indigenista (o localista) del visionario Belgrano, previendo quizás que cualquier otra clase de monarquía "blanca", fácil es comprenderlo, decantaría con relativa velocidad en un protectorado inglés. En el razonamiento belgraniano, se cumplía con la formalidad monárquica para lograr el reconocimiento internacional, pero se formaba un gobierno de origen autóctono que daría el componente nacional que impediría la entrega.

De todas maneras, era evidente que era una idea impracticable. 

El Congreso lleva largas deliberaciones, mientras por el norte de la América, las enormes fuerzas españolas avanzan casi sin freno hacia el sur, recuperando territorios. Provincias como la Banda Oriental, Santa Fé o Corrientes amenazan en constituirse en países separados de las Provincias Unidas. A la revolución "se la lleva el diablo", como se decía por entonces.

Quien más claro ve esta situación es el Gobernador Militar de Cuyo, capitán general José de San Martín, quien apremia al Congreso para que declare sin pérdida de tiempo la independencia definitiva de España. La presión de San Martín es poderosa y temible. Los diputados saben que el general ha hecho saber que piensa ir con su ejército al Tucumán a apurar el trámite si la cosa no se apresura. De allí que la única resolución que tome el Congreso de Tucumán sea, justamente, la declaración de Independencia. Ninguna otra. La guerra es inevitable. Nada ha cambiado. O más bien todo, quizás: el 9 de julio ha nacido un país.

Esta es, con los errores seguros producto de la ignorancia de quien esto escribe, la historia abreviada del día que acabamos de conmemorar. 

Independencia es otra de esas palabras que el monopolio Clarín hizo mierda en su guerra contra el país. Hace que sus empleados se autodenominen "independientes", cuando todos hacen exhibición obscena de su obediencia a los intereses de la empresa que le paga el sueldo. Pero, a pesar del bastardeo clarinista y de la hipocresía sangrienta de sus empleadillos, la palabra posee un valor profundo y poderoso que sobrevuela muy por encima las miserias de un presente mediático de coyuntura, menor o directamente inextistente en el curso de la historia grande de la Patria. Es el valor de la voluntad.

Fue quizás José de San Martín, ese gigante, quien comprendió mejor lo que significaba ser independientes de cualquier poder o nación extranjera. Quien entendió que ese acto de voluntad bastaba para crear un país, como entidad política. Que un país, es un acto de voluntad, de querer ser. Que una guerra terrible como la que hubo de librar él mismo y sus gauchos-soldados contra los godos invasores, se gana cuando se pelea por algo más que la entelequia de una revolución. Que se pelea mejor por la tierra propia, que se defiende más ferozmente una idea común. Que una Patria es más grande que una revolución, que un gobierno y que un conjunto de intereses.

Ese es el valor de la independencia que festejamos ayer. El valor de querer ser. 

Siguiendo el ejemplo y el fino olfato político de San Martín, el general Juan Perón declaró en 1947, allí en la casa misma de Tucumán, la Independencia Económica de la República Argentina. Era el paso siguiente, 141 años después, de esa misma idea sanmartiniana: seamos libres, lo demás no importa nada.

Esa es la idea fuerza de quienes piensan en función del Pueblo y de la Patria. Y es lo que mueve a las elites oligárquicas a reaccionar en contra. Después de 1816, sobrevinieron 60 años del guerras civiles, de las que surgió una república excluyente, un país para pocos. Un país de excluídos, de represión y de hambre.

Después de 1955, al cabo de diez años de recuperación, de bienestar, independencia y creación de derechos, la reacción volvió a atacar. Y debieron pasar otros casi cincuenta años de saqueo, muerte, torturas y destruciión del aparato productivo nacional para que , otra vez, la idea de la Patria volviera a ponerse de pie.


Hoy, con la Presidenta Cristina Fernández al frente, estamos otra vez en la lucha por la última y definitiva independencia nacional. No permitiremos otro retroceso, no toleraremos otro zarpazo de la reaciión oligárquica. Aseguraremos para el futuro la felicidad del pueblo, la liberación de la Patria.

El peronismo es la idea fuerza, heredera directa de aquellos gigantes del pasado, que fundaron a pura voluntad la Patria Argentina. Y tenga por seguro el gorilaje traidor, que esta vez es para siempre.

Como dijera la compañera Evita: "si la Patria fuera libre y el Pueblo fuera feliz, ser peronista sería un derecho. Hoy, ser peronista es un deber".

Viva la Independencia Nacional!

MP

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails