Empezamos con lo más berreta. O sea, arrancamos bien de abajo: no pueden negar la envergadura de la movilización que organizó la CGT para conmemorar el día de la Lealtad. Entonces regresa, como si nada, el viejo cliché odioso del gorilismo más rancio: los llevan, los obligan, les pagan, los arrean, van por el chiropan y el vino... Esto es, los trabajadores son apenas humanos, sin razonamiento, sin criterio, sin voluntad, sin ideología, sin banderas ni convicciones. Toda esa carga de racismo, de clasismo mediopelero está allí, en el desprecio por el laburante. Ese odio es, en realidad, un mero disfraz del miedo. Un miedo atávico, alimentado por la patria mediática, a los trabajadores organizados.
Hablar de organización de trabajadores es, sin la menor duda, hablar del peronismo. La última ratio de la clase trabajadora organizada descansa en la doctrina peronista y desde allí, se extiende para rebotar en todos los rincones de la sociedad. Los trabajadores organizados significan, en términos absolutos, el triunfo de un concepto muy antiguo: la unión hace la fuerza. Un trabajador solo está indefenso. Una organización que lo representa y lo protege, tiene poder en la ecuación. Por eso es tan temida, repudiada y odiada la organización obrera en los bloques de clases dominantes; porque obliga a negociar posiciones estratégicas con un colectivo cuya participación en la discusión de las relaciones entre el capital y el trabajo no es considerada como natural.
Por eso, tomando como excusa la maravillosa demostración de poder de convocatoria de los sindicatos nucleados en la CGT, propongo pensar un momento en las razones por las cuales, desde 1945 en la Argentina, se cambió el concepto mismo del gremialismo.
Es decir, en el contexto de la relación entre obrero y patrón, el Justicialismo introdujo la participación del Estado Nacional para equilibrar definitivamente la balanza y, en definitva, laudar en favor del trabajador. Siguiendo una definición sencilla del historiador Félix Luna: por sobre la anteriormente omnímoda voluntad del patrón, aparecía ahora una voluntad mayor, la del Estado, en favor del obrero.
Es esta introducción revolucionaria del peronismo (la del papel decisivo del Estado en las relaciones sociales) el evento que tuerce la historia nacional: el trabajador, organizado, pasa a ser sujeto de derecho, algo que hasta entonces había sido una noción imposible. Un ciudadano completo, protegido por las leyes y con capacidad de decisión sobre la cosa pública. En 1945 se inaugura, dirá Alejandro Horowicz, el ingreso de la clase trabajadora argentina a la ciudadela parlamentaria; es decir, a la redacción de las leyes y al cuidado del cumplimiento de las mismas y de los derechos que de ellas surgieron.
En el acto de River Plate, Hugo Moyano auguró la llegada de un presidente surgido de las organizaciones obreras. En realidad, será el paso lógico en la consolidación definitiva del Proyecto Nacional. Así como ahora mismo la principal regional del Partido Justicialista, la de la PBA, se halla bajo la conducción del Secretario General de la CGT, la razón de ser del Justicialismo como doctrina filosófica (el trabajador) determinará la dinámica política y social de la que emergerá la hora en que un hombre o mujer surgidos de las organizaciones sindicales, mande sobre la República.
El peronismo como doctrina, se halla en perfectas condiciones para administrar el buen gobierno de la Patria durante muchos años. Hoy con Cristina, se están poniendo las bases de un proceso que se medirá en décadas. Ella misma, guiará los destinos del país por mucho tiempo. Porque es lógico que así sea, porque está probada su pericia en el arte de gobernar. Pero además, porque son tiempos fundantes, continuación directa de aquella revolución justicialista truncada por la violencia gorila en 1955. Otra vez, como en los buenos tiempos de la Comunidad Organizada, la alianza entre Estado y CGT conforma un bloque indestructible, destinado a asegurar el bienestar del pueblo por mucho tiempo.
River fue apenas una muestra. Seguirán otras. Lo que está naciendo, es una Nueva Argentina, una sociedad nueva, más justa y equitativa.
Lo demás, el páramo opositor, mirará desde la vereda de enfrente cómo se edifica el país del futuro, mientras ellos permanecen clavados en un tiempo sin tiempo, sin objetivos ni realidades. Apenas fantasmas.
Basta mirar River para ver que es una mera cuestión de evidencias.
MP

1 comentarios:
Pariendo una sociedad, esperando que no sea aquel parto que vaticinaba Lilita. Diosssss, (y eso que no creo en ninguno)
Publicar un comentario en la entrada