Así como hay cortes de ruta "malos", los hay "buenos". Así como hay violencia "mala", la hay "buena". Si Néstor Kirchner decía que había algunos que parecían "comandos civiles" era un insulto público, si Carrió decía que la gente en la calle "los quiere matar", si decía que Buenos Aires era una emboscada con personal armado o lo comparaba con Hitler o Ceaucescu, eso era la santa indignación de una republicana angustiada, y por ende, buena.
Este es el país jardín de infantes que nos proponen los medios oligopólicos y sus siervos políticos: un mundo maniqueo, pelotudo, imposible. En ese mundo, sólo es bueno el compromiso con una marca, con una estructura gerencial. Si Jorge Lanata o Nelson Castro son fervientes defensores de la runfla oligopólica, la propia cobertura tramposa de este entramado, los canoniza como celosos fanáticos de la República. Si el periodista está comprometido con un Proyecto Nacional, es un lansquenete a sueldo. O sea, sólo es compromiso cuando el periodista es opositor. Quien juega, miente y desinforma para apuntalar a una empresa, es, a pesar de todo, un profesional. Nadie más.
Este doble stándard obedece a una estrategia que se arrastra desde el naufragio de los noventa, que proviene de la idea de que sólo la gestión empresaria provee del ámbito de libertad para que el periodista desarrolle su trabajo. O sea, la forma más básica y feraz de la antipolítica.
Es decir, la zancadilla tendida al presidente de Télam en la nota concedida a La Nación fue, efectivamente, perpetrada por un militante. Un soldadito que manipuló las declaraciones del funcionario obedeciendo o bien una orden, o bien una concepción de su propio papel a desempeñar en la guerra contra el Estado Nacional, en nombre de privilegios absolutamente reñidos con los valores de la convivencia democrática pero de los cuales depende su sueldo.
La asepsia profesional es una mentira, como lo es la objetividad del relato histórico. Son ficciones liberales que buscan ocultar las razones verdaderas de las cosas. Nelson Castro o Morales Solá son militantes bien pagados, que buscan descalificar a sus enemigos con el curioso método de igualarlos con ellos: los acusan de cobrar por opinar. Justamente.El diente flojo es, una vez más, Lanata, quien salta en dos patitas para coseguir un hueso de Magnetto o acaso, justamente, porque ya lo obtuvo. Pero carece de importanciaen esta historia. Como le pasa cada vez más seguido, apenas le toca el triste rol de la comparsa.
La corporación mediática y sus empleados políticos y periodísticos, han señalado con claridad cuál es el pecado: el del compromiso.
Sólo ellos pueden comprometerse, aunque másno sea con la libreta de cheques.
MP

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