Hace días que vengo pensando en la liberación como práctica. O mejor dicho, en qué significa esa palabra. En los 70 se hablaba de la Patria Liberada. Y estaba bien, porque la Patria venía de una historia terrible de violencia y calabozos. De dictaduras de militares y maniobras de civiles, caras ambas de un mismo monstruo bifronte.
Algo de historia
En ese contexto de persecución y terror, la revolución nacional era la liberación; y la liberación era la vuelta de Perón. El remedio a todos los males, la magia de volver atrás todo el dolor y el daño. Los pies del Viejo plantados en el suelo de la Argentina iban a obrar el milagro de reconstruirlo todo, de resucitar los muertos, de borrar de la carne las heridas de la tortura. Como decía aquella canción de Daniel Toro, para "borrar todo el horror de la lástima".
No fue así. Todos sabemos eso. Quizás porque las fuerzas de la reacción en retirada, lo hacían a causa de una estrategia, más que de una derrota. Y aún que fuera una derrota, no era una lo suficientemente profunda como para terminar con dichas fuerzas.
Alguna vez, el general San Martín escribió en una carta su idea sobre las guerras civiles argentinas: "es necesario que el partido feliz obligue al partido desgraciado a enterrar las armas para siempre". Es decir, que quien gane lo haga de una manera tan absoluta, que no haya manera de que los que pierden puedan volver a constituir un peligro.
El partido cívico militar que había despedazado al país desde 1955, retiraba en 1973 tan sólo su brazo armado, ordenadamente, a cuarteles de invierno. Claramente, el sector mayoritario del peronismo que protagonizaba la recuperación de la democracia, no estaba mensurando la forma en que la Libertadora se estaba retirando del poder formal: por el contrario, se la creía derrotada por las acciones políticas y armadas de las Formaciones Especiales, confundiendo arrojado hostigamiento con derrota militar. Por cierto que es un error que compartieron todas las fuerzas dedicadas a la lucha armada de aquella época en el país: no hay manera de que un ejército irregular o clandestino derrote militarmente a un conglomerado militar bien armado, organizado e institucionalizado. Y mucho menos si el sostén civil del mismo proviene del propio stablishment empresarial y político.
Perón comprendió velozmente que la Libertadora no estaba derrotada ni mucho menos. Y el modo en que encaró la discusión política super-estructural de la Argentina, una vez retornado, indica que apostó a una alianza transversal de partidos políticos y factores del poder económico más "nacional" que asegurara la estabilidad del gobierno justicialista que nacía. A la vez, por debajo de la superficie institucional, la discusión política se dirimía a balazos. Desde hacía mucho que las propias condiciones políticas del país, habían trastocado definitivamente el modo del debate político argentino, militarizándolo.

Resumiendo: la "liberación nacional" no existía, en tanto y en cuanto los factores de poder real que habían sojuzgado a la Argentina durante dos décadas, continuaban intactos. A lo sumo, se podía esperar de ellos una tregua. Esa era la estrategia de Perón: una convivencia ordenada con la reacción, guardar los fierros, planchar a las organizaciones juveniles, “republicanizar” al peronismo. El General, que había dicho que las revoluciones podían ser producto de la sangre o del tiempo, estaba apostando claramente al “tiempo”. Justo lo que él mismo no tenía, debido a su mala salud. El “tiempo” significaba, a su vez, para las organizaciones armadas, un retroceso en una batalla que creían estar ganando. La conducción les pedía que resignaran todo lo conquistado, en aras de una convivencia con los dispositivos intactos de la opresión. De esta contradicción nacen los conflictos que harán eclosión muy pronto.
En resumen, con Cámpora llega al poder un esquema político-filosófico que está en las antípodas del esquema que Perón tiene en la cabeza. Pero de esta ecuación, el único término que comprende ese matiz abismal, es el propio Perón. La “juventud”, las “formaciones especiales” creen, en el mejor de los casos, que la propia evidencia de la operatividad de la militancia armada, que acorraló a la dictadura, forzará a comprender al Conductor que son ellos en quienes debe confiar para establecer un Estado Justicialista revolucionario, fuerte. Que ellos son la garantía (o la causa, tal vez) de la derrota final de la Libertadora. Nunca llegan, quizás, a comprender que precisamente, allí residía la divergencia principal.
El esquema del “socialismo nacional” o de la “patria liberada” del peronismo revolucionario, tenía como ejemplo modélico mucho más (permítame lector que arriesgue aquí esta opinión) a la Cuba de Castro que a la Nueva Argentina de 1946/1955. Es decir, el modelo político de las organizaciones juveniles ya tenía, de origen, un elemento que no pertenecía al organigrama que Perón había planteado en la formación del Estado justicialista y en su forma filosófica, la Comunidad Organizada. Y este elemento era, precisamente, el socialismo. Es cierto que el propio Perón había “aggiornado” doctrinariamente al justicialismo durante el exilio, especialmente después de la muerte de Ernesto Guevara, incluyendo elementos filosóficos del socialismo. Pero la praxis del Conductor post 11 de marzo de 1973, echa ese aggiornamiento por la ventana, en gran medida porque la mentalidad táctica de Perón tendía a apreciar los elementos dinámicos de la coyuntura y a actuar de acuerdo a esto.
En este contexto, después de terminado su exilio, Perón comprende que la revolución, esto es, la derrota final de la oligarquía y sus dispositivos de poder (militar, político, financiero, informativo, religioso) es imposible. La visión ferozmente realista que posee de la realidad política nacional, lo fuerza a intentar un gobierno de convivencia, que imponga de manera consensuada una transformación gradual de los resortes del poder, un desarrollo de formas menos concentradas de la economía y un “relato” que convenza al bloque de clases dominantes de que el peronismo no representa un “peligro”. Ese “gobierno” que Perón se ha planteado, es lo contrario del de Héctor Cámpora, pletórico de voluntarismo y de gestos “revolucionarios”, que propone un discurso a través del cual, el peronismo es la versión nacional del socialismo y, de resultas de ello, promotor de cambios drásticos en la organización social, política y económica del país. La “revolución desde arriba”, con Cámpora en el gobierno y Perón en el poder, según el slogan de entonces, significaba reformular el Estado, nacionalizar los medios de producción en manos extranjeras, “depurar” al movimiento obrero organizado de sus “cúpulas dirigenciales burocratizadas”, reemplazar a las Fuerzas Armadas por “formaciones armadas populares” (esto en versión Rodolfo Galimberti) y cosas por el estilo.
Nada de esto era aceptable para Perón.

No hay “patria liberada” en los setenta. No podía haberla, porque reorganizar el Estado y la sociedad según los conceptos, no ya del socialismo nacional revolucionario, sino bajo la mera restauración de la Comunidad Organizada de los años 50, significaba un baño de sangre de proporciones. Por cierto que a partir de 1976, con el bloque de clases dominantes, dando por finalizado el ciclo peronista ya cerrado con la muerte de Perón, decide avanzar en formas de liberalismo extremo cuya aplicación, aún incompleta, requirió de la represión y muerte a una escala hasta entonces desconocida. Y si bien la aplicación del modelo neoliberal se completó en los 90, con la legitimidad democrática de un gobierno que ejerció el poder bajo una formalidad peronista, tal cosa fue posible por el disciplinamiento social que provocó el asesinato planificado de más de treinta mil argentinos. El cierre del ciclo histórico iniciado en 1945 sólo pudo darse bajo la forma de un gobierno “peronista”, desde cuya concepción de la gestión del poder, se perpetraron los cambios más salvajes, más profundos y de difícil reversión. Una auténtica revolución al revés, si se quiere.
Dicho de manera más sencilla, usando la categorización marxista: el bloque histórico fracturado en 1945 se “suelda” nuevamente al completarse el ciclo menemista en 1999, o más ampliamente, en 2001, con la implosión de dicho modelo socio económico en su fase terminal. La reparación de dicha fractura fue la razón de la Revolución Libertadora, del ciclo de democracia tutelada entre 1958 y 1966, de la Revolución Argentina y, posteriormente, de la dictadura de 1976/1983. O sea, un monumental intento restaurador del bloque de clases dominantes, sus socios y gendarmes, de volver al estado de cosas suprimido por la Revolución Justicialista iniciada en 1945 e institucionalizada en las elecciones de febrero de 1946.
En este caso, sí podemos hablar de revolución, puesto que al fundar el Estado Justicialista, Perón demuele de hecho el Orden Conservador que se hallaba instaurado en la Argentina desde 1930, pero cuyos verdaderos orígenes provenían, sin interrupción casi, desde la Organización en 1862 y más concretamente, desde la consolidación del Estado Oligárquico a partir de 1880. Es decir, cambia radicalmente el estado de cosas y revierte dramáticamente la distribución de la renta nacional. De la acumulación oligárquica, excluyente y miserable, el Justicialismo impone un equilibrio de distribución entre el capital y el trabajo. El famoso 50 y 50. Y si bien no reniega del contexto capitalista, busca equilibrar su interrelación.

El neoliberalismo es la negación del Estado de Justicia. Doctrinariamente implica la vuelta a formas primitivas de individualismo extremo. Abunda allí el concepto de la “salvación individual” por sobre la realización colectiva.
A su vez, el Estado Justicialista constituye la evolución filosófica y espiritual de los conceptos del individualismo capitalista y el colectivismo forzado que propuso el comunismo, considerados ambos como categorías culturales y de organización política. Partimos desde allí. Nosotros, en tanto Justicialistas (y acá no hay que confundir doctrina con aparato electoral), provenimos de una filosofía que constituye la superación objetiva de ambas instancias.
La dictadura cívico-militar de 1976 fue el primer experimento a gran escala de aplicación de las recetas neoliberales ortodoxas, de la mano del “estado de shock” provisto por la represión y el golpe de Estado. Los intentos anteriores, desde 1955 y especialmente con Adalbert Krieger Vasena en 1966, resultaron experiencias tibias, contaminadas de desarrollismo. Con Videla y Martínez de Hoz eso cambia violentamente. Aún así, a pesar del terror y la represión, la aplicación no llega a ser completa, debido a la resistencia encabezada por el Movimiento Obrero. La incapacidad de doblegar esa resistencia es uno de los factores decisivos en la retirada de la dictadura. Aunque, como bien sostuvo hace unos días la compañera Presidenta, a la dictadura la derrotaron sus propios muertos: los desaparecidos y los caídos en la Guerra de Malvinas. Sin contradecirla en modo alguno, me limitaría a agregar este factor antes nombrado. Porque es, justamente, ese factor (el Movimiento Obrero) quien terminará transando (al menos el “buró” de los gordos) con el menemato la victoria final de la oligarquía sobre la causa popular, aunque también del seno de la “columna vertebral” nacerá una resistencia a la entrega de tenor similar a la que encabezara Saúl Ubaldini, incluso durante el alfonsinismo.
A la democracia renacida en 1983, el pueblo argentino llegó profundamente cambiado. La mayoría de nosotros, que comenzamos a actuar en política en aquél tiempo, formamos parte de esa generación más o menos despreciada por los de la generación anterior. Carecimos de heroísmos, no fuimos “revolucionarios”. Crecimos a la política en un país achatado por el alfonsinismo y su teoría de los dos demonios, con un peronismo desbandado, referenciado penosamente en figuras impresentables, con ideas degeneradas por el macartismo y el colaboracionismo con la dictadura. Porque eso también debe decirse: hubo una generación de dirigentes acomodaticios que terminaron transando con la oligarquía y sus sirvientes militares una “convivencia pacífica” que se evidenció en el apoyo a la movida de la Junta en Malvinas, los mismos que habían asegurado que no habría ninguna clase de salida política o electoral. Analizar los elementos de juicio que puede haber tenido aquella generación de políticos es ocioso. Lo que importa es que desde las bases, la idea de la “liberación” se había perdido, en gran medida por el baño de sangre de la represión, y porque después del “proceso” la Argentina era tierra arrasada. Y eso que faltaba Menem.
Ya he dicho que el menemato es el triunfo final del plan oligárquico de restauración conservadora iniciado en 1955. Debieron pasar casi cuarenta años para que los oligarcas entendieran que el peronismo era un evento tan poderoso en la historia nacional, que sólo podía ser borrado de la misma por… el peronismo. Ninguna fuerza antagónica, aún con hegemonía armada, fue capaz de extirpar al peronismo de la interrelación de las clases sociales y de las tensiones entre capital y trabajo. Menem lo hizo.
En cualquier caso, la transa con el menemismo es otro capítulo de la compleja historia de nuestro Movimiento. La conversión a la religión neoliberal de Menem contó con el acatamiento de buena parte de las estructuras del Justicialismo, quien creyó actualizarse doctrinariamente por medio de los negocios millonarios, siguiendo las directivas de los tecnócratas. Para ser breve, el menemismo, dicho esquemáticamente, terminó de dinamitar las ruinas que había dejado la dictadura. Cuando el modelo implosionó en 2001, quedaba gerenciar la miseria, condonar la entrega y asumir la derrota; o intentar retomar un camino de crecimiento. A partir de 2003, Néstor Kirchner optó por retomar un hilo que se había perdido en 1955 y que no se había podido retomar en 1973.
Hoy
Hoy asistimos, no sólo a la profundización del Proyecto Nacional, bajo la conducción de Cristina, sino que vemos cómo se puso lentamente de pie la idea de la liberación nacional. Es decir, desde nosotros los militantes, miembros de esa generación poco agraciada de “los ochentas”, está naciendo una nueva conciencia y con ella, la verdadera posibilidad de lograr la liberación nacional.

Porque la “liberación” pasa por la distribución del ingreso, la reindustrialización, la producción con valor agregado. O sea, ser soberanos e independientes en un mundo interrelacionado, con un Estado fuerte regulando las relaciones sociales, administrando los recursos en base a la noción de justicia social. La consolidación de un “Estado de Justicia” o Estado Justicialista, que amplíe la base democrática, la participación popular, que asegure la multiplicidad de voces y opiniones, que garantice la libre circulación de los contenidos y de la información, que posibilite el surgimiento de expresiones nuevas, tradicionalmente reprimidas por el stablishment, que cuide las cuentas públicas, que invierta en obras destinadas a asegurar el confort y bienestar del pueblo. Que dignifique a los jubilados, que permita a los trabajadores negociar en pie de igualdad sus salarios, que castigue a quienes proponen la concentración y el monopolio, que beneficie la realización de las personas dentro de una sociedad solidaria.
Porque creo que está aquí la clave de la liberación nacional, compañeros: antes que el país y el pueblo, deben ser libres (liberadas) las conciencias, los espíritus. Porque sin este proceso previo, no hay liberación nacional posible. Cuando un hombre o mujer del pueblo comprenden que pueden ser libres, que tienen derechos, que pueden ejercerlos, exigirlos, que habrá un Estado que se los hará efectivos, allí surge la liberación. Cuando las cabezas dejan de estar colonizadas por el discurso corporativo, monopólico de los medios concentrados. Cuando comprendan que en un sistema injusto, la única forma de que haya individuos ricos es que existan miles de hombre y mujeres pobres. Cuando entiendan que no hay salvación individual, sino realización colectiva, en el seno del propio pueblo.
Insisto con un concepto que vengo trabajando hace rato: tenemos una responsabilidad generacional. Formamos parte de un momento único en la historia, en el que el viejo concepto de la Revolución Justicialista, está otra vez vivo. La providencia, quizás, nos juntó en este momento, nos ha puesto en las manos las herramientas para el trabajo y a una mujer extraordinaria al frente, con una valentía, un coraje y una decisión política nunca vista en todas estas décadas, en las que los presidentes fueron, o bien cómplices de saqueo y la entrega, o bien celadores obedientes de los intereses intocables. Por el contrario, Cristina comprendió que, si para gobernar hace falta elegir a quien cagar, siendo peronista no podía elegir de otro modo. Y eligió ir contra los intereses concentrados, contra la oligarquía y las corporaciones. Y lo hizo generando políticas de estado que ya son hechos irreversibles, que son indetenibles. Son cambios, saltos cualitativos en la calidad institucional, en la democratización definitiva de nuestra Patria y en el bienestar del Pueblo. La AUH no es tan sólo una medida de acción social, ES una revolución en sí misma.
Nosotros tenemos la obligación de acompañar este momento histórico con lo mejor de nuestra capacidad. Cada compañero debe ser, el mismo, “el mensaje”. Cada compañero debe ser, él mismo, “la lucha”. Porque estamos en una lucha por la supervivencia de la Patria. Ya nada será como fue antes, nada será igual. O ganamos nosotros y aseguramos la permanencia hegemónica del Estado Justicialista, para que la Argentina tenga un futuro feliz, o perdemos y el país será un desierto. Y esta lucha no quedará para más adelante. Se libra ahora. Somos nosotros los soldados. Es Cristina quien ordena y conduce y pone el ejemplo de cómo se pelea: con coraje, sabiendo que lo único que hay para perder es la vida.
Ese es nuestro trabajo, nuestra obligación y nuestro compromiso: ser leales, servir al Proyecto Nacional y dejarlo todo, en aras de consolidar el triunfo final de la Revolución Justicialista. Ese debe ser el compromiso del MPB.
La Liberación es ahora. Somos nosotros.
Mario Paulela