Para ir calentando motores, en todo caso. Preguntas, dudas o certezas en borrador que voy a tirar aquí porque, al fin y al cabo, este es mi patio y acá hago y digo lo que quiero.
Posiblemente haya comenzado un año de debates duros, acaso con propios compañeros. Es parte del ADN peronista (le explico cariñosamente a los gorilas que pudieran pasar) que nos juntemos ante la adversidad y nos andemos carajeando cuando tenemos la suma del poder. Ante esto, se sabe, no hay que hacerse ilusiones de desintegración. Como decía un viejo sabio, somos como los gatos, ¿No? Ya sabe, eso de que cuando parece que nos peleamos, en realidad nos estamos reproduciendo. Mire, es cierto. Tan cierto es, que hoy detentamos una hegemonía política de características únicas, al menos desde 1955 hasta 2003: hegemonía por mandato popular. Chupate esa mandarina. El terror de todo liberal bien nacido (y eso que son todos mal nacidos), la HEGEMONÍA, qué miedo! En realidad, los muchachos de la derecha a lo que le temen es al pueblo. Decía el mismo viejo sabio que cuando los pueblos agotan su paciencia, hacen tronar el escarmiento. El peronismo es ese escarmiento. No lo dude ni por un minuto. Néstor y Cristina fueron y son ese escarmiento.
Hay algunas realidades que los siervos políticos del stablishment corporativo nunca van a entender. Y por cierto que no las han entendido hasta ahora, teniendo en cuenta el lugarcito en el basurero de la historia en que los ha colocado el pueblo con su voto. Las sociedades evolucionan. Y más nos valía a nosotros aprender la lección histórica de los efectos del neoliberalismo en la economía y las relaciones sociales de un país. Más nos valía aprender de aquél desastre. Aprendimos. Ellos no. Por eso hicieron campaña como si estuviéramos en 1995 y todavía alguien considerara con seriedad que existe algún beneficio en seguir las recetas de la ortodoxia monetarista o que es preferible el equilibrio fiscal al desarrollo y realización de los pueblos. Y antes de que salga algún pavote a hablar de "sinceramiento" o alguna gilada por el estilo, le contesto por adelantado que todo es cuestión de proyectos. El nuestro es un Proyecto Nacional. El de ellos, se escribió en otro lado. Así de sencillo.
Tenemos desafíos que completar. Por cierto que sí. Me encanta cuando los apóstoles de la "miseria para todos", políticos, periodistas, obispos o economistas, salen a "señalar" que todavía hay pobres. Por desgracia los hay. O alguien con un mínimo no imponible de honestidad intelectual cree que los efectos del genocidio social perpetrado por el neoliberalismo (Oh casualidad, la religión de estos muchachos que tanto "denuncian") se iba a poder restañar en menos de una década, por más dedicado que esté (por suerte) el Gobierno a restaurar la justicia y la redistribución equitativa del ingreso nacional? Vamos...
Aún así, si la justicia social no ha llegado a todo el pueblo argentino, de lo que todos están bien seguros es de que los únicos que podemos hacerlo somos los peronistas. Es Cristina. Acá son pocos los que todavía mastican vidrio. O gratis, al menos.
En estos términos, es decir, dejando de lado a los mascadores de cristal, significa que el país está dividido en dos campos bien definidos: los que estamos por la justicia social, la distribución del ingreso y la felicidad del pueblo, la industrialización y la tecnología y el desarrollo; y los que están en contra de todo eso. Los que añoran el país injusto, excluyente y deshecho de los noventa. Todos bien paraditos en cada lugar. Acá no hay inocentes. Nadie puede alegar la propia torpeza.
Lo que esté pasando en el campo de la antipatria, no me incumbe más allá de la curiosidad cuasi científica, como cuando uno ve a las hormigas peleando entre sí en el Discovery o NatGeo. Una vez más, como ya he dicho, su momento histórico se ha cerrado silenciosamente. Es un funeral de viejo, con pocos asistentes, bombitas de cuarenta watts y un tenue hedor de descomposición que se empieza a colar por debajo del olor de las flores de las coronas.
Nosotros, en cambio, disfrutamos del poder popular más grande que ha visto la Argentina desde los tiempos dorados de Perón y Evita. Y tenemos la obligación de asegurar que nuestros logros y conquistas perduren y no puedan ser demolidas así como así. No podemos permitir que el curso de la historia sea alterado para beneficiar a un par de empresas.
De ningún modo.
En mi opinión, debemos adecuar lo que haga falta para que esta Argentina que estamos reconstruyendo no pueda ser entregada, saqueada o destruida. Deberemos modificar leyes, estructuras e instituciones en orden a impedir que, en nombre de "la República", vuelvan a entregar al país a las corporaciones internacionales. De nada sirve aferrarse a un avatar decimonónico para terminar contemplando la ruina del pueblo y de la patria. La institucionalidad establecida sirve en tanto y en cuanto represente los intereses del pueblo. Las revoluciones son eso: un cambio IRREVERSIBLE.
Creo que es el momento de formalizar una reforma constitucional que refleje el espíritu del nuevo tiempo y cambie para siempre el paradigma legal de la Argentina oligárquica que surgió luego de la batalla de Caseros. Esa republicanismo liberal y mitrista fue creado para consolidar un proyecto antinacional, agroexportador y excluyente que ya no es viable. Hoy es necesario crear instituciones de poder que reflejen la dinámica de este tiempo y de la masiva participación popular en las decisiones públicas, tan alejadas del antiguo cenáculo aristocrático de la Argentina de la Generación del 80. Es necesario terminar con ese anquilosado sistema para dar a los argentinos todas las herramientas de la democracia del siglo XXI, con participación abierta e irrestricta en la cosa pública.
La opinión de quién esto escribe es que la única garantía para viabilizar la perpetuidad de los cambios revolucionarios llevados adelante por el Gobierno Popular es convertirlos en parte de la ley Suprema de la Nación y alumbrar el nacimiento de una Nueva Argentina, con un sistema de representación política más estable. No es aceptable, en mi opinión, que el liderazgo de Cristina se vea puesto en entredicho cada dos años, cuando no existen procesos económicos, sociales o políticos que tengan esa breve duración. La revolución justicialista no puede quedar sujeta a cambios volubles y oportunistas, a modas que cambian cada dos años. No puede, de ningún modo, la tilinguería de ciertos grupos electorales frenar la marcha de un cambio fundamental de la raíz productiva, social y económica de un país. Sería un capricho dañino, un azar innecesario cuando están en juego la justicia, la libertad y la soberanía de una nación.
Algunos republicanos liberales de seguro objetarán estas líneas. Ratifico que se trata solamente de la opinión de este escriba y de nadie más. Y los acuso, además, de ser agentes de intereses que nada tienen que ver con el bienestar del pueblo y la grandeza de nuestra patria. Son, de hecho, traidores infames que prefieren un país diezmado lleno de pobres y excluídos, pero liberado para los negocios multimillonarios. Estos personajes abusan de la democracia para obtener sus objetivos. Es tarea del pueblo impedirlo.
Insisto, desde este humilde lugar: debemos modificar la Constitución, cambiar el sistema representativo presidencialista por un nuevo sistema que asegure la continuidad de los procesos virtuosos que nos han llevado hasta ahora a donde estamos. No permitamos que los personeros de lo antinacional prostituyan la sagrada democracia popular usándola en beneficio de los intereses oscuros de sus mandantes ocultos. Luchemos por nuestra supervivencia y nuestra victoria fnal, que será el día en que hayamos logrado que la justicia y el ingreso digno, que el trabajo y la educación, que la salud y la tecnología, hayan llegado hasta el último de nuestros hermanos.
No tengamos miedo a la amenaza de los republicanos de opereta, criminales socios de la oligarquía.
Es tarea del pueblo salir a militar este cambio. Ojalá a sí se haga.
El momento es ya.
MP

1 comentarios:
Muy bien expresado Somos unos cuantos que sentimos esta necesidad Un abrazo desde tucuman
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