TROTSKYSMO TAXI

Carentes de representatividad popular, células sectarias dogmáticas sin contacto con la realidad, el trotskysmo argentino es un monoambiente sin ventanas y que apesta a humedad. Gráficamente, su situación política es la del burro y la zanahoria, aunque a sabiendas de que esa zanahoria planteada está allí para no ser alcanzada jamás. O sea, para tener la excusa constante para el quilombo, para el "cuanto peor, mejor".

En algún otro tiempo (los setenta, quizás) se amparaban en la no existencia de las "condiciones objetivas" que desencadenarían la revolución. Esa falta de condiciones habilitaba todo, desde la pésima lectura coyuntural (por ejemplo ante la llegada al gobierno de Héctor Cámpora) hasta los torpes diseños de estrategias militares, que provocaron verdaderos desastres en costos de vidas de militantes y que fueron repetidas (calcadas) sin el menor análisis autocrítico en La Tablada, en tiempos de Alfonsín.

La amplia constelación de estos grupos, subdivididos entre sí hasta el infinito (puesto que el purismo irreductible, fundamentalista y de realismo cero provoca constantes divisiones de infinitesimal resultado), fue perdiendo presencia en la vida política argentina. El último estertor de brillo lo tuvo, quizás, Luis Zamora con su intento oportunista de capitalizar en beneficio propio el "que se vayan todos" del 2001. Intento que, como es evidente, no prosperó.

Sin embargo, el 2001 fue un año de aprendizajes importantes para los subconjuntos troscos: aprendieron que podían infiltrar grupos pequeños con cuadros muy formados y terminar copándolos sin mucho esfuerzo. El primer objetivo, las asambleas barriales y los clubes de trueque, ambos fenómenos producto de la crisis final del modelo neoliberal, fueron objetivos cumplidos con facilidad. En especial las asambleas, en cuyas reuniones los vecinos del común se encontraron de un día para el otro que en la simple reunión de vecinos, casi grupos de autoayuda de la clase media aterrada, habían crecido estructuras directoriales, nomenklaturas rígidas y comisarios políticos que distribuían la palabra con una autoridad que nadie les había otorgado. De un día al otro, el vecino que quería discutir sobre la farola que faltaba en su cuadra, se encontró que ese planteo burgués no tenía lugar, pero que sí debía oír durante una hora la disertación del "responsable de respuesta a los grupos financieros multinacionales" o escuchar un informe sobre el enlace con las organizaciones revolucionarias de América Latina y el Caribe, en orden a coordinar las luchas de liberación populares...y zaraza por el estilo.

Y las asambleas fueron muriendo de a poquito. Al final, hacia 2003, quedaban un puñadito de adeptos ideologizados que habían usurpado el nombre de la asamblea del barrio. Y nada más.

Por más que el sistema de actuar como el parásito que termina matando a su huésped no resultara en masividad revolucionaria, les pareció bien porque jamás buscaron masividad. El trotskysmo no pretrende millones de hombres y mujeres en lucha, sino millones de hombres y mujeres siguiendo a los luchadores de la vanguardia iluminada. En el esquema de infiltración de cuadros políticos, se prefieren los grupos reducidos, porque la concepción es celular y homogénea.

Este accionar sobre las asambleas se replicó en el entrismo sindical, primero en el subte y después en plantas fabriles como Kraft Foods, la ex Terrabusi, así como la colocación de cuadros en villas miseria de la Capital. El incendio de Villa el Cartón tiene todos los indicios de haber sido una movida de diseño, puesto que la villa tenía su comisario político y el incendio ya había sido intentado con anterioridad.

Lo bueno de poseer este tipo de estructura política reducida, móvil y de alta operatividad es que se vuelven atractivas para los que necesitan quilombos localizados y de baja intensidad, aunque de alto perfil mediático.

El primer ejemplo (y quizás el más grotesco) fue la rebelión de los patrones sojeros contra el Estado, en 2008. Con los medios de comunicación concentrados y la oposición tomando partido por los agrogarcas, los útiles troscos brindaron el "calor popular" a las perfumadas convocatorias de los capangas ruralistas. Los idiotas útiles que marcharon arriados por los jefes revolucionarios, probablemente nunca llegaron a oler el suculento olor de los cheques que sus dirigentes embolsaron por marchar junto a la Sociedad Rural. Baratos o caros, los muchachos demostraron que tenían la banderita de "libre" bien alta y el mejor postor saldaba la cosa con facilidad.

Ayer volvieron al trabajo, esta vez a beneficio del Grupo Clarín, que propone bamboya mediática para encubrir la apropiación ilegal perpetrada por Ernestina de Noble y de paso, para mantener los privilegios de ser el monopolio mediático más grande del país.

Los troscos debía proveer a Clarín ayer, 24 de marzo, los incidentes que TN venía profetizando desde antes que la marcha comenzara. Hicieron lo suyo. La entrada desde Diagonal Norte, sin el menor respeto por lo que ocurría en el escenario del acto, demostró que venían a cumplir la profecía del amigo Magnetto.

No se dio. La prepotencia de estos desacreditados grupejos quedó en la anécdota jocosa, junto con la payasada del grupete de servicios llamado Quebracho, cantando el Himno y actuando para las cámaras la rotura de las persianas de la UIA.

Insisto en el concepto: Magnetto y Herrera de Noble creen que somos TODOS boludos. E insisten en demostrar las voluntades que captan como si fueran trofeos de guerra. Por eso la opositora asociación Verdad y Justicia dio su nota exclusiva al canal de cable de la apropiadora de hijos de desaparecidos. Esa el la verdad y la justicia que buscan: la del Grupo Clarín.

El trotskysmo taxi no logró el objetivo ayer. La gente del pueblo, con una gratificante y multitudinaria asistencia de agrupaciones peronistas, ignoró la provocación.

¿Cobrarán igual o iban a cuenta de resultados?

Es lo que resta saber.

MP

Entradas populares