HASTA LA VICTORIA

Los procesos populares marchan en la Historia con la impronta de su Conductor. No hay tal cosa como un proceso colectivo de liberación sin un Conductor. Porque el fenómeno constituye una simbiosis única de comunicación física. Un hombre o mujer se pone al frente de un pueblo sólo si este pueblo descubre en él o ella las cualidades que espera. El conductor es quien señala el camino, cosa que provoca la histeria de los individualistas, de los liberales elitistas, que desprecian la masividad y odian ese amor instintivo que los pueblos desarrollan por quien los representa, proteje y ama, a su vez.
Decía Perón que los pueblos jamás se equivocan. No hablaba, desde ya, de una nebulosa infalibilidad teológica, sino del más puro instinto de conservación, el primero de todos los instintos humanos. Los pueblos no se equivocan porque, colectivamente, dejan fluir el instinto, que los lleva a seguir a un líder. Saben que de esa comunión provendrá algo bueno, un futuro para los hijos, dignidad, trabajo, educación, salud, protección. A esa comunión colectiva en procura de un futuro luminoso, mejor que el pasado y que el presente, se le llama proceso popular.
Féliz Luna, historiador radical que entrevistó a Juan Perón para su mejor trabajo (El 45), escribió que "daría diez años de la vida de Félix Luna a cambio de un día, un sólo día de Juan Perón. A cambio, por ejemplo, de aquella jornada de octubre, cuando se asomó a la Plaza de Mayo y recibió, en un bramido inolvidable, lo más limpio y hermoso que puede ambicionar un hombre con vocación política: el amor de su pueblo". Es, en esencia, el reconocimiento de esa química instintiva que caracteriza a los movimientos populares.
Debido también a esa impronta personal que el Conductor imprime en su pueblo, es que, en el momento en que éste sale de escena (por la fatalidad del arbitrio de otros, o de la propia naturaleza), el proceso en sí mismo sufre un cambio. La "ortodoxia" ideológica que constituía el corpus doctrinario del movimiento se va con el conductor. Acaso permanecerán los lineamientos generales del proyecto político, pero la mística de la comunicación entre la masa y el conductor ya no existe. El colectivo no puede heredar a la individualidad de quien lo condujo. Puede, sí, buscar a quien menos se aleje de esas líneas rectoras y continuar. A veces, ese reemplazo puede tardar mucho tiempo en llegar.
El comandante presidente Hugo Chávez, fundador y conductor de la República Bolivariana de Venezuela, reprodujo ese mismo enlace instintivo con su pueblo que, antes y después, y en diferentes latitudes e idiosincracias, ocurre entre las masas y quien las guía. Y a lo largo de 14 años renovó cada vez ese amor de ida y vuelta. En elecciones libres y masivas, mal que les pesó siempre a las elites oligárquicas, acostumbradas a décadas de dominación desde la sombra de las oficinas financieras o del poder vicario en algún general cipayo educado en West Point. Tanto en Venezuela como en la Argentina y en cada país del subcontinente, la unidad de concepción y de acción de esas elites criminales es absoluta. Pocas veces lo fue, por desgracia, en el campo popular.
En la larga historia de la Nación Latinoamericana y su lucha nunca terminada por la liberación, pocas veces también,  los conductores se parecieron tanto a sus pueblos como en este presente venturoso. Un presente construido sobre el dolor y la sangre de años de persecusiones, muerte y violación de la voluntad popular. Hugo Chávez y Néstor kirchner, cada uno en su país, coincidieron en ir en busca de ese otro momento histórico en que las fuerzas oscuras de la antipatria truncaron por la fuerza la unidad continental y las políticas virtuosas destinadas a lograr ese bien supremo que es la felicidad del pueblo todo. Kirchner retomó desde la Nueva Argentina de Perón y Evita. Chávez desde Bolívar. Ambos comprendieron que los procesos populares deben tener también esa unidad de acción y concepción que las derechas siempre sostuvieron con la eficacia del gendarme. Junto con Lula y otros líderes de procesos similares, pusieron en marcha algo que en el caso de Chávez y Kirchner, los trascendería a ellos mismos. Un proceso de liberación más grande que las fronteras y las banderas. Un proyecto de Patria Grande. De gran Nación Sudamericana.
Con la muerte del comandante Chávez, queda el inevitable sentimiento general de orfandad de un pueblo que lo amó y que sintió que mientras él estuviera allí, nada malo podría ocurrirles. Es nada menos que un padre que ya no está. No debe uno tener verguenza de decirlo así, más allá del desprecio idiota de los liberales para los cuales el pueblo es apenas una molestia en las estadísticas de inflación y un obstáculo menor en la red global de negocios. Ha muerto el padre de los venezolanos y de todos los sudamericanos que soñamos con ver nuestra tierra grande liberada. Ese sentimiento de filiación (Pater et Filii) deja paso al de una desértica orfandad. Eso también es otra forma del amor entre el pueblo y su conductor caído. Ya nos había ocurrido con Néstor. Y antes con Perón. Y antes, y antes.
Los pueblos de la América han tomado su futuro en sus propias manos. Néstor y Hugo ya no están, pero sí Cristina, Lula y Dilma, Evo y acaso otros líderes que esté pariendo la historia fecundada por hombres y mujeres luchadores y bravos, que lo dieron todo, hasta la vida, para que, a pesar de tantas derrotas, una victoria final termine con la miseria y el atraso a que nos condenaron las oligarquías y sus patrones lejanos.
Toca quizás a nuestra generación llevar la lucha más allá. Hasta vencer. Sin cuartel, sin descanso, sin pausa.
La muerte de Hugo Chávez como fue la de Néstor Kirchner, es una herida que recorre, profunda, todo el cuerpo de Latinoamérca.
Lloremos todo lo que haga falta hoy.
Mañana es otro día de lucha.
A nuestro héroes no se los honra con lágrimas. Se los honra con pelea.
Se los honra venciendo.
El enemigo está ahí, no da cuartel ni tregua.
Con el enemigo no se discute, no se argumenta, no se pacta.
Al enemigo se lo derrota.
Viva La América Latina!
Viva Chávez para siempre!
MP

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