A LLORAR A LA IGLESIA

Nota del 25-01-16
Este post que sigue fue escrito el 20 de diciembre y, después de consultarlo con algunos compañeros de confianza, decidí demorar su publicación. Acaso indefinidamente por esa virtud a veces perjudicial que tenemos los peronistas, que es la organicidad. Sin embargo, más de un mes más tarde, lo que continúo viendo es que no hay cambios en el carácter pequeño de las actitudes de algunos dirigentes. No puedo creer que todavía algunos piensen en el Frente Para la Victoria como un "partido" o "movimiento" despegable del Justicialismo y no como lo que es en realidad: un frente electoral cuyo principal componente y nutriente ideológico ES el Justicialismo.
No creo, por supuesto, que esto que el lector gentilmente está a punto de leer, sea siquiera importante o "la verdad". No. Se trata de una opinión personal. Lo mantuve sin publicar, no por orgullo, sino en la esperanza de no agregar problemas; porque firmemente creo que una división del campo popular es una victoria no forzada para el actual gobierno. Finalmente, luego de la mezquina actitud de la dirigencia de La Cámpora ante el primer intento del Justicialismo por generar política que canalice orgánicamente un reagrupamiento indispensable para enfrentar las políticas de ajuste y hambre que ya se están aplicando, decidí publicarlo. 
Busco una acción política decidida y orgánica para enfrentar este duro momento. Por el contrario, lo que veo es que se prefieren juntadas testimoniales en defensa de elementos simbólicos. Es decir, que hay un sector que se moviliza por lo que los gorilas han nombrado como "el relato", olvidando que mientras tanto hay miles de compañeros que pierden el trabajo y la dignidad, el país se entrega destempladamente y el endeudamiento feroz, generador de pobreza, está a la vuelta de la esquina. Y si aún no llegó, es porque todavía el ajuste no es todo lo terrible que se supone que debe ser. Esa pasividad se parece demasiado al "cuanto peor, mejor" del trotskysmo. Como peronista no puedo condonar semejante nivel de anti política.
MP

De uso común en el viejo e inocente fóbal de otros años. "Perdiste, a llorar a la iglesia", la forma sencilla para sobrar al perdidoso. Esta expresión incluía una cláusula oculta, tácita: no se lloran las derrotas. Se asumen calladito y a esperar el próximo partido. Un código de barrio, si el lector así lo prefiere. 
Fue, si no me equivoco, Luis Juez, el saltimbanqui costumbrista cordobés, quien inició la era moderna de la mariconería política retraducida en "si no gané, es que hubo fraude", perfeccionada en lo subsiguiente por Felipillo y otros con el "fraude por las dudas" que fuera tolerado y naturalizado por las usinas ideológicas de los medios hegemónicos, auténticos generadores del insumo y a la vez verdaderos comandos estratégicos de lo que hasta noviembre fuera la Oposición y que hoy es el alegre y ajustador oficialismo.
Esta mariconería política, retomo, generó una manera nueva de hacer política: llorar las derrotas, práctica que llegó al paroxismo en Tucumán, en donde el candidato aliancista Cano avanzó como un alud, seguro de la red de seguridad que bajo sus pies habían tendido los medios. Fue un evento político-antipolítico que paralizó a muchos por mera incredulidad. No sería lo único.
La diferencia final entre el candidato Macri y el candidato Scioli, en la segunda vuelta electoral, no llegó a los tres puntos. Como se dijo entonces, si los dos puntos y pico hubieran resultado EN CONTRA de Macri, la judicialización y el escándalo mediático soliviantando a los sustratos gorilas de la sociedad, hubieran degenerado acaso en una guerra civil de resultado y consecuencias imprevisibles.
Daniel Scioli salió esa noche muy velozmente a reconocer su propia derrota. Algunos han preguntado por qué. Será bueno recordar que para ese momento ya la propia Presidenta de la República había saludado la victoria de Macri. Qué podía decir Scioli? Qué lugar político le quedaba para reclamar si la propia Jefa del movimiento por el cuál él era candidato, ya había rendido alegremente la ciudadela?
Queda para la historia el juicio de la conducción del kirchnerismo, Jefa incluida, por su actitud por lo menos reluctante hacia Daniel Scioli durante casi la totalidad de la campaña pre y post primera vuelta. Quien esto escribe opina que no estuvo a la altura y por motivos tristemente mezquinos. La organización política "de palacio", La Cámpora, prohibió a sus militantes trabajar por Scioli. De hecho, internamente se bajaban líneas más o menos oficiales de "prepararse para ser oposición de Scioli" dando por sentado que éste ganaba la nacional y ELLOS ganaban la PBA y allí refugiaban su foquismo antisciolista. Por su parte, la Jefa hizo poco y a desgano una campaña propia que la tuvo siempre como centro excluyente, tensando la cuerda de la paciencia social con los elementos que más irritaban al cuerpo social: cadenas nacionales a repetición y el constante recuento de los logros, casi en forma de facturación destemplada al propio pueblo sobre el que tan bien se hablaba a la vez. Nadie quiere que le estén facturando siempre lo mismo hasta el infinito.
Esta irritación había mandando un primer aviso en 2013, con la victoria de Massa en Buenos Aires. Nadie le dedicó en el oficialismo la menor atención. Se seguía mirando hipnotizados la foto del 54% que terminó ocluyendo la visión de la realidad cambiante y dinámica por propia definición. Nadie con capacidad decisoria tomó nota de ese primer aviso de que algo se estaba fracturando entre el kirchnerismo y su base electoral. Massa no ganó con los votos de San Isidro o Nordelta, sino con los del Conurbano trabajador que era la clientela electoral peronista histórica. Alarmas en rojo que NADIE quiso ver.
El 25 de octubre de 2015, quien esto escribe sostiene sin pruebas pero con el más profundo convencimiento, que se decidió desde la Conducción que Scioli NO PODÍA ser presidente electo esa noche, porque el resultado político inmediato era que el Poder migraba irremediablemente de Olivos a Villa La Ñata. En cambio, la fórmula ideal en la sala de mapas, hubiera sido: Scioli a segunda vuelta y a transpirar la camiseta hasta noviembre, mientras que Aníbal Fernández y la orga presidencial se asentaba en la Provincia de Buenos Aires listos para esa enloquecida resistencia ante un candidato propio que iba a ocupar el sillón de Rivadavia. Y todos felices (?)
La endogamia y despegue de la realidad cobraron su tributo. Aníbal no ganó porque era tan mal candidato que pareció colocado allí para facilitar la victoria de Vidal, una victoria en la que ni ella misma creía; y porque su soberbia, proverbial en este modo político dominante en el último mandato de Cristina, le enajenó las pocas simpatías que podría haber recogido. Perdida la Provincia y con el submarino inundado, los "compañeros" del Entorno comenzaron a entender que quedaba UNA SOLA chance de supervivencia: Scioli. Y aún así, les costó abandonar ese desprecio mezclado con desconfianza que era tan evidente para todos y que puede graficarse en un sólo ejemplo: 678, un programa que se dio el lujo de tratar con una incomprensible arrogancia al propio candidato del proyecto que, de no seguir, se los llevaba consigo a la tumba a todos. Así de estúpido, pequeño y ciego fue el "purismo kirchnerista" en esta encrucijada. Como un tipo que serrucha la propia rama en la que está sentado.
Entonces, a llorar a la iglesia. El partido se puede ganar o perder. Lo que no se puede hacer es patear contra el propio arco. Ahora todo es llanto, desgarro, nostalgia. Se va 678, se cargan la Ley de Medios, quieren echar a Sabatella de la AFSCA. Y a eso queda reducido el otrora masivo kirchnerismo: a la defensa de un programa de televisión insostenible, a reclamar el cumplimiento de una ley que ni siquiera el gobierno que la impulsó cumplió y a defender el sillón de un incompetente que fue puesto para gerenciar la derrota ante Clarín y que sólo utilizó el organismo para colocar empleo entre los dirigentes de su partido, el mismo con el que era opositor en 2009.
Se pateó en contra de nuestro propio arco. El resto es los rezagos del relato. No se quiso ganar, porque en el microclima camporista se creyó que, en tanto "cuanto peor, mejor", un gobierno de Macri generaría una reacción social incontenible que pondría mágicamente a Cristina de nuevo en el Poder. Un nivel de encierro, endogamia y voluntarismo inaceptables en la política real. 
MP

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