UNA ETERNIDAD DE TRES AÑOS Y MEDIO


Que el tiempo es relativo es algo que sabemos con certeza hace más o menos un siglo. Es curioso: la humanidad ha ido descubriendo desde hace relativamente poco las leyes que gobiernan el Universo desde el mismo comienzo. Hemos descubierto hace bastante que nos mantiene sobre la superficie de la Tierra y que impide que pasemos alegremente a través de una pared sólida. Sobre las propiedades de lo que conocemos como Tiempo, hemos tardado un poco más, pero todo llega. 
En el común, sólo conocemos con certeza que el tiempo se mueve en una dirección única, y que su devenir es inexorable. Algo de eso ocurre con algunas acciones humanas. La política, por ejemplo. En este blog se ha sostenido, más o menos insistentemente, que por su propia naturaleza la política se propone como un caos ordenable, una "dinámica de lo impensado", -tomando prestada la definición magistral que el gran Dante Panzeri creara para el fútbol- y por eso mismo, sujeta a condiciones más o menos azarosas. Eso es cierto. Pero también es cierto (quien esto escribe sospecha que hay varias verdades sobre una misma cosa que coexisten sin problemas) que en ocasiones se comporta como una ciencia exacta, dura, en la que 1+1 siempre es 2. Y no importa lo que se haga o diga, eso no cambia. Es inalterable.
En homenaje a quien no he nombrado pero ha sido referido en el comienzo de este texto, Albert Einstein (y por caso, todo aquél que se dedique a la investigación empírica), diré aquí que existe un concepto atribuido a él que expresa que los mismos factores, combinados de la misma manera, sólo pueden producir el mismo resultado. Es una cuestión de lógica.
El macrismo constituye la repetición exacta de los factores básicos, combinados de la misma manera, que el anterior y más cercano ciclo de hegemonía neoliberal, en el contexto del neoconservadurismo nacido de aquella ola, que en los ochenta corporizaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher en sus respectivos países, pero que obedecía a una respuesta anterior, de características sociopolíticas, a la crisis global del petróleo y los procesos de liberación nacional de muchos países del llamado Tercer Mundo. Factores no exclusivos pero que generaron una reacción que se tradujo, en el caso del "patio trasero" de EEUU, en la instauración de dictaduras militares (ejércitos nacionales de ocupación de sus propios territorios y la aplicación de la doctrina de la Seguridad Nacional, desarrollada por EEUU en el contexto de la Guerra Fría) y la aplicación forzada de la filosofía monetarista que el economista Milton Friedman desarrolló como respuesta al Estado de Bienestar que había predominado desde la Conferencia de Ottawa en 1932. El monetarismo friedmanita, tal como lo define Naomi Klein, fue eso: la necesidad de los bloques de clases dominantes de revertir la ecuación de la distribución de los ingresos nacionales, asegurar la hiper concentración de la economía y de los resortes financieros en pocas manos y, en los casos de Latinoamérica, primarizar la producción, desindustrializar y generar regiones de abastecimiento de materias primas sin valor agregado para proveer a los países industrializados. 
No era nada nuevo, el viejo Librecambismo del siglo XIX había ya sentado las bases de esa "división internacional del trabajo", impuesta a punta de cañón y bayoneta. 150 años más tarde, la aplicación del monetarismo también requirió de la fuerza. Fue sólo después de las experiencias horrendas de la represión interna, que esos poderes entendieron que la única forma de violar los principios de la convivencia democrática era a través de la democracia misma. Eso fue el Consenso de Washington.

Decía más arriba que el macrismo es una repetición exacta del ciclo anterior de aplicación de políticas neoliberales, comprendido entre 1990 y 2001. Lo es, aunque a velocidad 2.0. Es decir, los resultados calamitosos de una década entera de saqueo sistemático, destrucción planificada del aparato productivo, exclusión de millones de personas del ciclo económico, endeudamiento externo y extranjerización vía privatizaciones de la economía sobreviviente, por nombrar tan sólo algunos factores sobresalientes; esos mismos resultados, digo, han sido alcanzados por el macrismo en tan sólo tres años y medio de una de las gestiones más calamitosas de la cosa pública que se recuerden, no sólo por sus catastróficos resultados, sino por el cinismo oficialista, que violenta la realidad sin el menor pudor, mintiendo sobre nebulosos éxitos futuros y "obras" actuales que tan sólo ellos y su rebaño son capaces de ver. De los índices que marcan una debacle socio-económica sin antecedentes por su amplitud y profundidad, ni una palabra. Es lógico que callen sus fallos. No es lógico que esos fallos no indignen a las mismas franjas sociales que los sufren. No a su totalidad, al menos. Pero de eso hablaremos en breve.
Es decir, volviendo al principio, la aplicación de las mismas políticas generaron los mismos resultados. Con la variante, para peor, de que la voracidad del redireccionamiento de la distribución del ingreso y el brusco laissez faire en la regulación de precios, duplicaron el índice inflacionario y quintuplicaron la devaluación del peso frente al dólar.
Este panorama desastroso, en el que los índices de pobreza, indigencia y desempleo han retrocedido hasta asimilarse con los que ostentó el fin de ciclo neoliberal anterior, está sostenido por factores de poder real (financiero, mediático, judicial) con un espesor jamás visto. El FMI ha violentado su propio estatuto para sostener la continuidad de Macri en la presidencia, con cantidades fantásticas de dinero que constituyen la deuda externa más grande que haya tenido un sólo país en la historia moderna y que será el yugo bajo el cuál las futuras generaciones de argentinos deberán sobrevivir.
A diferencia de otras ocasiones en que la Internacional Neoliberal (el poder transnacional que propugna la aplicación de estas políticas bajo el imperio de las necesidades geopolíticas de los EEUU), se batió en retirada ante la reacción popular que generaron dichas políticas, en esta ocasión (tómese como principal variante) los poderes pueden sostener a sus gobiernos títeres. Primero con la excusa de que son elegidos en democracia. Segundo, porque el poder de penetración en la individualidad, en la intimidad de los ciudadanos es inédita. Nunca hubo menos privacidad. Nunca estuvimos más a merced del uso arbitrario de nuestros datos. Datos a través de los cuales se desarrolla nuestra vida, desde la bancarización casi absoluta de las relaciones económicas, hasta las interacciones más irrelevantes en redes sociales.
Esa penetración logra este curioso aquietamiento social, ante perspectivas que no admiten discusión en el terreno de lo real, pero que sufren un fuerte contra relato en la ficción mediática y cibernética. Sólo así el gobierno macrista puede sostener este ficcional 1 a 1 (43 a 1) cambiario y festejarlo como un logro. Sólo así puede endeudar de manera micro a la sociedad (créditos UVA o vía Anses) a la que ya ha endeudado de manera macro. Sólo así puede sostener un robo a escala insólita, como es la dolarización libérrima de las tarifas de los servicios esenciales, que genera una transferencia de dinero interminable de los sectores de menores ingresos hacia los balances de las empresas privadas de energía y gas, todas vinculadas en una maraña de entramados empresarios cuya terminal invariable es el presidente o algún prestanombres vinculado a él. El que puede, paga. El que no puede, se endeuda para pagar. Y el que no puede endeudarse, queda fuera del sistema.  Esa es la ecuación. No es fisiocracia, es darwinismo puro y sencillo. Quien queda en el camino, es porque no estaba apto para seguir. No lo ocultan los voceros del gobierno.

Esto es sólo un contexto y una opinión. No es mi intención arrogarme saberes que no tengo. Es un agrupamiento de ideas que, al menos, funciona para mí. Yo creo en el contexto, lo necesito para que pueda explicarme a mí mismo lo que pasa. Si el menemismo fue una novedosa alianza de clases sociales opuestas en la ilusión de "ser primer mundo", el macrismo es la necesidad brutal de las clases dominantes de revertir los efectos de una década de gobiernos nacional y regionales de sesgo populista y de impronta keynesiana. El macrismo es el apuro de los poderosos para volver al statu quo anterior (vaya ambición) a 1943. Incluso hasta antes de la sanción del día de descanso obligatorio, el Sábado Inglés, un triunfo agónico y casi póstumo del Yrigoyenismo a través de la ley 11640 de 1932.
Suprimir derechos, precarizar el empleo, primarizar la producción, aniquilar la industria, crear un país para pocos. Esas son algunas de las tareas históricas del ciclo macrista.

Lo vimos venir. Todos, más o menos, lo previmos. Pero ocurrió. Otra vez.
Entonces debemos preguntarnos, no tanto en qué fallamos, sino cuál es ese sentido común que hasta hace la eternidad de tres años y medio corría por canales subterráneos y que hoy alcanzó la superficie de la validación política. Ese tachero paradigmático, racista y xenófobo, ese tío al que daba vergüenza escuchar en las fiestas familiares y que, por lo general, se enfrentaba al rechazo general. Esos arquetipos, hoy son gobierno. Sus más locas fantasías de odio, segregacionismo y horror al diferente, son refrendadas diariamente en los medios que son el altavoz oficialista, tan totalizadores como en la peor fantasía distópica.
Eso es lo que no vimos. Confiamos en que la sociedad argentina siempre "respondía con el bolsillo" como dijera un infeliz ministro radical, pero tuvimos siempre una visión optimista de un colectivo que no era tal. Tomamos una parte por el todo y supusimos que 1930 o 1955 habían sido errores casuales y no el síntoma de un factor de circularidad en que las políticas que dan forma a la clase media son las mismas que esa clase repudia cuando ya ha llegado a su lugar de confort, porque (bien lo ha señalado Hernández Arregui) siempre está aspirando parecerse a la clase superior y la manera de mantener esa fantasía es que no sigan entrando pobres al lugar que ellos ya han entrado. Quieren cerrar la puerta y tirar la llave. Por eso son receptivos a los reclamos de "estómago lleno" como es, por ejemplo, la cuestión de la "anticorrupción". Es un reclamo moralista de gente que no tiene que resolver día a día si va a conseguir o no lo qué comer. Pero también es, en definitiva, el reclamo del que ya no quiere que entre nadie más al espacio que ha alcanzado.

Entonces

Propusimos al héroe colectivo a una sociedad que es genéticamente individualista. Que socializa las derrotas pero privatiza las victorias. He tenido oportunidad en estos días de recordar una frase de CFK que define sencillamente el problema planteado: la Argentina es como si en la Guerra Civil norteamericana, hubiera ganado el Sur. Lo que sigue, desde la Organización Nacional hasta hoy, es una consecuencia directa de esa victoria histórica de la alianza de clases dominantes. En la historia argentina, la ocurrencia del Peronismo es una anomalía. Así de sencillo.

¿Está todo perdido? Es imposible decirlo con alguna certeza, tomando en cuenta que venimos de una derrota que mucho más que electoral, fue cultural. La guerra por el sentido la hemos perdido, aunque, si sirve de algún consuelo, era una derrota anunciada y que además nunca -jamás- es definitiva.
La sociedad entera es un evento dinámico y, hoy como otras veces en la historia, tiene dos tercios consolidados en sus posiciones políticas y uno que no lo está. No hace falta decir que ambos bandos (que podemos denominar con bastante justicia como el tercio peronista y el tercio gorila) deben conseguir el favor del restante. Pero ese favor será siempre oportunista, ocasional; porque el sesgo que predomina es la situación paradojal que implica auto percibirse como progresista pero actuar como conservadores en toda regla. Aún con los rasgos propios del autoritarismo de derechas: el fascismo. Ni más ni menos que el burgués asustado de Brecht, pero con idiosincrasia criolla. Y ese comportamiento es absolutamente transversal. Es decir, no hay aquello que los marxistas llaman "conciencia de clase". No está allí, sencillamente.
Quien esto escribe está convencido de que el macrismo ha sintonizado con la sociedad argentina a ese nivel no racional. No es un movimiento político, es la cristalización de esa contradicción. No es algo novedoso: sin pretender dramatismo por la comparación, la Guerra Civil española significó que los dos bandos, las "dos Españas", ya no podían convivir en un mismo territorio. Uno de ellos debía desaparecer, porque la sola idea de la coexistencia era inconcebible. No hizo falta que realmente fueran sólo "dos Españas". Quizás había (seguramente había) terceras posiciones. Pero es que los bandos enfrentados generaron su propia totalidad y la ecuación sólo podía saldarse con la derrota total de uno de ellos. Y por total, me refiero a absoluta, física y políticamente. En la Argentina, la ruptura del bloque histórico que significó la aparición en la escena del Peronismo en 1945, nunca se saldó. Nuestra guerra civil lo ha sido por otros medios. A veces armada, a veces política. Los republicanos fusiladores de 1955 son el mismo elenco del Estado Terrorista de 1976, pero también de este nuevo gorilismo "civilizado" que gobierna actualmente. Todas estas instancias abrevan del mismo manantial ideológico envenenado. Ya no ofrecen una propuesta programática, se definen por oposición al tótem peronista. Y con eso les alcanza.

Esta es la coyuntura, que a mi juicio, nos encuentra en la inminencia de las elecciones presidenciales de este año. Decía más arriba que los poderes que han logrado la imposición de sus vectores de políticas antinacionales y dañinas para sectores mayoritarios de la población -por la vía democrática-, pueden sostener a esos gobiernos. Eso significa, en lenguaje llano, que no van a entregar el poder así como así. Ya no se trata del macrismo, es algo mucho más grande. Poderes de los cuales Macri o Bolsonaro son apenas instancias gerenciales no particularmente eficientes. Poderes permanentes, que controlan los resortes claves de la vida moderna de los países y sus sociedades. Semejante situación nunca había tenido, hasta ahora, lugar en la historia.

Entonces, aquí va mi mayor temor personal: ¿cómo se derrota a ese conglomerado global de intereses, a ese poder, cuya cara desnuda vemos con claridad operando con cada vez menos tapujos? O peor aún, ¿qué ocurre si no existe tal cosa como una victoria sobre ellos, sino apenas el ofrecimiento de un pacto conveniente, que vuelva a crear riqueza para un futuro nuevo saqueo?
En algún momento se me ocurrió decir que el macrismo había sido la plaga que llegó cuando los árboles estaban llenos de fruta. Pues bien, hasta en la lógica instintiva de cualquier plaga depredadora está el respeto a la circularidad. O de los ciclos, si se lo prefiere, para dar tiempo a que aquello de lo que se alimentan, vuelva a crecer.

MP



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