LA BRECHA


Los números vuelan en esta Argentina manipulada, que es territorio reclamado por derecho de conquista, en la guerra por el Sentido que sin dudas ganó Clarín. En esta tierra arrasada, insisto, las operaciones de manipulación de opinión pública son la moneda común y hasta el arma de preferencia entre ambos bandos. La guerra la ganó Clarín, puesto que si no hubiera sido así, no estaría Macri en el gobierno. Las batallas siguen. Escaramuzas, más bien. Una de las autocríticas que nos corresponden como oposición, es no haber sido capaces de volvernos vietcongs. De ser el enemigo invisible. 
Discutimos todo, las peleamos todas, con los puños en ristre y a viva voz en las redes, en la calle. Somos obsesivos buscadores de arrepentidos, de escudriñar señales de desaliento en los hasta hace poco triunfantes macristas. Damos la batalla todos los días. Como dicen que dijo aquél general francés en la guerra de Crimea, durante el asedio de Sebastopol: "magnífico, pero eso no es la guerra".
La guerra, nos enseño el general Carl von Clausewitz a través de su mejor alumno, el general Juan Perón, que es la continuación de la política por otros medios. Lo es también a la inversa: atacar donde el enemigo es más débil, generar el derrumbe moral del oponente, convencerlo de que es inútil seguir luchando. En la política, como en la guerra, buscar los puntos débiles del enemigo, sin voluntarismo ni emocionalidad, define todo. Aquí, volviendo al tema, podemos atacar el qué, el cómo y el cuándo. También el por qué. Pero si discutimos los temas que el enemigo quiere que discutamos, estaremos siempre en territorio hostil. Son batallas que no se ganan. Parece, a veces, pero una cosa es creer que uno ha ganado y muy otra es que efectivamente sea así.
Hay encuestas para todos los gustos. Sería sano no creerle a ninguna: la única encuesta real es la elección. Actuar en base a encuestas es otra batalla perdida, porque es un territorio que también controla el enemigo.

Alberto Fernández creó una brecha en la hasta ahora aparentemente inexpugnable muralla macrista: traer a la discusión pública los montos de pago de intereses de Leliqs (Letras de Liquidez, casi único instrumento financiero a tasas demenciales con que el gobierno intenta mantener quieto al dólar al menos hasta las elecciones) y contraponer esas cifras fantásticas que van exclusivamente a los bancos y fondos de inversión, con el obvio abandono del wellfare state que se había venido ampliando en los 12 años kirchneristas y que ahora ha sido prácticamente demolido en 44 meses de gestión macrista. Fernández comprendió que debía enfocarse en ejemplos prácticos: a diferencia de otros tiempos, el gobierno ajustador macrista terminó con el histórico 70+30% de descuentos en los medicamentos e insumos de salud que debe cubrir el PAMI. Los medicamentos comunes quedan hoy día cubiertos en un 40% en el mejor de los casos y los que por ley son gratuitos (VIH, diabetes, etc) desaparecen mágicamente de las existencia de las farmacias prestadoras. 
La brecha, entonces, fue discutir, no ya la economía (tema tabú del gobierno y su guardia pretoriana mediática) sino el proyecto. No la obvia mala praxis del equipo gobernante en los tres distritos principales de la Argentina (y en el resto, por decir lo evidente), que generaron pobreza y hambre, al paso creciente de la inflación y la caída de la actividad económica. No eso tan sólo, digo, sino el programa mismo que hace de estas consecuencias mencionadas, no un error, no una equivocación, sino el único resultado posible. Y no sólo eso: el resultado necesario.
El principal candidato opositor entendió que debía exponer la evidencia de que estamos ante un proyecto de reasignación de la distribución del ingreso nacional de características monumentales. Algo como nunca se ha intentado en ningunos de los proyectos restauradores de los privilegios de las minorías, desde 1930 hasta hoy. Que no es ineptitud, ni falta de pericia. Alberto Fernández expuso con crudeza que este que vivimos es el único resultado de la aplicación de estas políticas y que este proyecto sólo puede profundizarse. Sólo puede ser peor, porque su naturaleza implica la exclusión de buena parte de la población y, como se ha dicho en muchas ocasiones, una primarización brutal que transforme a uno de los países más equitativos de la región en la India.
Entonces, Alberto Fernández puso a la sociedad argentina ante un espejo: quien vote por la continuidad de este proyecto vigente, lo hará sabiendo. Se acabó el voto inocente, el voto "sofisticado" que hace de la alternancia a la bartola una especie de valor que no sé de qué imaginación imbécil proviene. En el ambiente tilingo de la Argentina colonizada por Clarín, el "valor de la alternancia" se asocia con la crítica a gobiernos poco estimados por la derecha local, como Venezuela, pero hace caso omiso de la no alternancia, por ejemplo, de Alemania. Esto es parte del defecto constitutivo de la derecha de cabotaje: la zoncera.
Se acabó el voto "yo no sabía". Nadie que vaya a votar en Agosto o en Octubre, podrá alegar su propia torpeza. Se acabó el disimulo. Macri engaño a muchos en 2015 (les hemos concedido eso, aunque quien esto escribe piense diferente) y tomó muchos rehenes en 2017. Fantástico. Ya no. Las cartas están con la cara para arriba en la mesa. Cada uno se hará responsable de lo que elija. Quien siga "defendiendo el cambio" como han bautizado a ese voluntariado pagado con recursos públicos, lo hará sabiendo. Como cuando uno firma estúpidamente un contrato desventajoso sin leer la letra chica y luego la ley no acepta que esa distracción tenga validez exculpatoria.

Aquí en nuestra Argentina, en donde tanto se juega en estas elecciones (vidas de personas, el futuro de pibes que no están comiendo, nada menos), pienso que cada uno está donde debe. El peronismo con los científicos, con los trabajadores y con el pueblo; Macri con el FMI, la Sociedad Rural y su periodismo ensobrado.

Y vos, como decía aquél programa de TV, de qué lado estás?

MP

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