LOS RELATOS POLÍTICOS




El macrismo siempre se imaginó a sí mismo como una variante criolla del obamismo demócrata norteamericano. O eso, al menos, es lo que sacó de la galera el hacedor del fenómeno, Jaime Durán Barba, hábil kingmaker de la derecha latinoamericana. No fue una hazaña menor. Transformar en un Kennedy de papel maché al hijo poco inteligente de un célebre miembro de la "patria contratista" que expolió al Estado Nacional durante décadas, mediante licitaciones ganadas a fuerza de prebendas y sobornos de toda clase, fue un logro impensado. La carrera del hijo de Franco Macri es harto conocida, por lo cuál será obviada aquí. Pero, volviendo a la cuestión de los deseos imaginarios del macrismo, remachados e inyectados con esteroides por una legión de periodistas militantes y una armada de medios hegemónicos de los cuales el grupo Clarín es la nave insignia, ancló con éxito en un sector de la sociedad argentina históricamente refractaria al Peronismo: lo que se llama con bastante justeza "el tercio gorila". El Kennedy de mentiras, antiguo contrabandista de autopartes, presidente de Boca por obra y gracia del dinero de su padre y más tarde Jefe de Gobierno porteño por obra y gracia de los muertos de República Cromañón, consiguió trepar al Sillón de Rivadavia en 2015 por una diferencia porcentual tan exigua que, de haber querido hacerlo el peronismo, pudo haber sido discutida, judicializada y hasta revertida.

No importa ya, desde luego. No es un secreto que había sectores del propio oficialismo saliente que preferían al sonriente inútil que ganó, antes que al candidato propio. Con un razonamiento de verdulería: si Scioli hacía una gestión de mitad de tabla apenas, alcanzaba para convertirlo en un contendiente serio en la "conducción" del "proyecto". Todas las líneas dirigentes del Peronismo iban a confluir hacia él, no tanto por amor, acaso, como sí por hartazgo. Jugaban muchos factores, que con los años se hicieron evidentes y que aún hoy juegan en la conciencia espectral de los jefes territoriales, reluctantes desde siempre a dejarse conducir por una mujer. 

Como sea, el hijo del contratista se encontró con la sorpresa de que era presidente y que, por causa de un derrumbe tan  histórico como imprevisto, su alianza con grupos de derecha, el radicalismo póstumo y Deportivo Carrió, dominaba -además de la Nación- los cuatro principales distritos electorales del país (la provincia de Buenos Aires, la ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza), así como una ristra de provincias y distritos. Por primera vez la derecha llegaba al poder sin violentar la institucionalidad democrática y podía hacer exhibición obscena de su antiperonismo visceral, sin necesidad de maquillajes y otras sandeces, al estilo Frondizi o Illia. Eran el partido gorila, así, sin máscaras. Un tren fantasma, pero de verdad.

A esta altura del partido, la historia de los cuatro años del peor gobierno constitucional del que se tiene registro por estos lares, también es de sobra conocida y no necesita ser repasada. La forma en que Cristina Fernández de Kirchner subsanó sus propios errores pasados e invitó a otros a enmendar los propios también, dando forma a una coalición que derrotó en primera vuelta a ese gorilismo que se pensaba eterno y restableció el orden de las cosas en la medida de lo posible, tampoco. La historia es el resultado de la historia en la memoria de quien la vive y la cuenta. O, como mejor lo dijera Bonaparte: una fábula consensuada.

Y la herencia, la deuda eterna (sin x) y la pandemia, y tal. 

Ok. Vuelvo al principio.

El obamismo macrista murió rápido. Con Donald Trump consagrado ganador en las elecciones y con el gobierno argentino habiendo apostado todo a Hillary Clinton, no solamente se reactivaron las redes subterráneas de negocios e intereses entre los Macri y el anaranjado nuevo presidente gringo, sino que la Argentina se alineó enseguida con las posiciones del Departamento de Estado para Países Obedientes, condenando a Venezuela, a Nicaragua, a Cuba y dinamitando el Mercosur. Fueron los años dorados de la expansión derechista en Latinoamérica sin necesidad de golpes militares, tiempo poético que duró hasta el 10 de noviembre de 2019, cuando Bolivia retrocedió a los tiros al siglo XVI y un personaje estrambótico, rodeada de militares y policías alzados, entró al Palacio Quemado blandiendo una biblia gigante.

Para entonces, las cosas en la Argentina estaban jugadas. Macri había chocado la calesita y sus días como presidente estaban contados. El presidente electo Alberto Fernández (el delfín que eligió Cristina para encabezar la fórmula que iba a ganar porque ella la integraba) asumió en diciembre. Fin.

El comienzo de la otra historia es un capítulo nuevo, no necesariamente por inesperado: el macrismo se había ido del gobierno pero toda la estructura de poder real que lo puso allí en su momento, y lo sostuvo, siguió intacta. El poder judicial, el poder mediático, la corporación empresarial más concentrada. Todos esos factores que no se someten jamás a ninguna clase de escrutinio electoral y que, por lo tanto, permanecen como árbitros y gestores de lo posible. Son los que ponen los límites o los mueven. Son los que permiten o prohíben. Son los que derrocan gobiernos o los dejan hacer. Civiles o militares, sin distinción.

Entonces, bajo ese paraguas fantástico de impunidad asegurada, el macrismo en el llano se empezó a relatar a sí mismo, no ya como ese imposible progresismo liberal inicial, sino como un proyecto al que "no se le permitió hacer", como si en un eventual segundo mandato les hubiera alcanzado la voluntad y el tiempo para reparar todos los desastres perpetrados en el primero. Como si, mágicamente, tuvieran previsto cambiar de idea y dejar de robar y fugar los dólares del FMI que vamos a pagar todos. Como si, por el sólo hecho de ser ellos quienes gobernaran la Argentina, toda la torta de dinero con que Trump ordenó financiar la campaña electoral de Macri hubiese trocado mágicamente en dineros destinados al bien común y no para negocios privados de los amigos del presidente con realmente fue.

Este relato, si bien destinado a confirmar a los believers, es lógico. Quiero decir, nadie esperaba que Macri saliera de la Rosada y se sentara en TN a decir "sí, yo robé más que el Gordo Valor". Es obvio que no. Por el contrario, el macrismo empezó a relatarse otra vez a sí mismo como esa vanguardia moral y republicana, enfrentada a un peronismo por siempre corrupto. El "honestismo" carriotista llevado a la categoría de discurso político. Que ese discurso no tenga la menor correlación con la realidad, es lo de menos. Para cerrar ese bache están los medios, los creadores de realidades paralelas por medio de la magia de las noticias falsas, del bombardeo constante y de una abierta apuesta al fracaso del gobierno actual. En todos los frentes, incluido el delicado asunto de atentar contra la salud pública en plena pandemia global. 

El problema es que el actual oficialismo no ha conseguido (o quizás no ha querido), no ya condenar ese relato, sino ni siquiera darse un relato propio que desmienta lo obvio, lo escandaloso de la fabricación macrista de su propia historia y de sus propias acciones. No hay un contra relato eficaz ante una oposición que miente, deforma los hechos, sigue impune, habla y aconseja libremente sobre temas varios, como si hubieran constituido la mejor gestión de la historia y pudieran dar clases de gobernanza.

¿Por qué el oficialismo no considera necesario contrarrestar de algún modo la andanada constante de una oposición que empieza y termina en los medios y las redes sociales? Digo, de manera orgánica. Y si, equivocado quien esto escribe, considerara necesario hacerlo, pues bien ¿Qué falta? ¿Dónde está la falla, el glitch del sistema que hay que remover para que funcione?

El lugar común de "el gobierno comunica mal" se volvió un bocadillo que, de tanto rodar, perdió significado. Y en el fondo es errado: el gobierno no comunica mal. El gobierno no comunica. Punto. Tiene poluciones de mensajes, comentarios a granel de funcionarios que debieran imponer la agenda y no simplemente verla pasar ya hecha. 

Y no es posible que el presidente de la República siga en ese raid de reportajes con periodistas unánimemente hostiles, que hacen exhibición obscena de mala leche como si tal cosa. Si el presidente no se cuida, hay que cuidarlo. Si no usa escudo, hay que ponerle uno. O dos. O diez. El ataque es fuerte, en muchos frentes a la vez y el gobierno es un equipo. O debe serlo. El presidente no está para explicar nada a esta corporación. Está para decidir las políticas que mejoren la vida del pueblo. Que las explicaciones las den otros y se banquen el vuelto. Para eso están.

El gobierno tiene la gestión. Pero aún así, ésta debe ser explicada, mostrada, descripta y publicitada. Hay realidad para contrarrestar las mentiras. Y lo que no está saliendo bien, hay que explicarlo primero y corregirlo después. La tierra arrasada que dejó el macrismo merece ser contada, exhibida, explicada. Pero también impone al gobierno la necesidad de levantar la vara y plantarse frente a un poder permanente que no lo quiere y cada día, sin falta, se lo hace saber de manera poco elegante. Cabeza que se agacha, cabeza que será cortada. Y cuanto antes el gobierno nacional entienda esto, mejor. Porque no hay más realidad que esta.

Como le dijo una vez un secretario al entonces joven ministro del Interior Righi en 1973, luego de Ezeiza: "no cometas el error de hacerte perdonar la vida".

MP

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